EEUU, Rusia, Ucrania y la fábula del pastorcillo mentiroso Rafael Cuevas Molina / Presidente AUNA-Costa Rica

Ucrania es una de esas zonas calientes del planeta en la que todos sacan pecho y lanzan gritos estentóreos para amedrentar al contrincante. ¿Alguien en su sano juicio puede hacerle caso a la alharaca que han armado los Estados Unidos en relación con la supuesta invasión de Rusia a Ucrania?

Ni siquiera en este último país existe el alarmismo que, un día sí y otro también, llama a estar alerta ante las intenciones rusas. Y menos aún en los aliados de Estados Unidos de la OTAN, sobre todo Francia y Alemania, que tratan de atemperar la histeria que exhibe la Casa Blanca.

Después de los increíbles chascos de Irak y Libia ¿quién dará crédito a los aspavientos norteamericanos que, como todos sabemos, llegaron a fabricar “pruebas” ante el Consejo de Seguridad de la ONU con las supuestas armas de destrucción masiva que poseía Sadam Husein?

Claro que siempre les queda la corte de interesados en integrarse al coro que clama por el peligro del lobo que se aproxima. Ahí está Boris Johnson que trata de agarrarse de ese clavo caliente para ver si logra restañar su credibilidad, tan deteriorada después de descubrirse su doble moral en relación con el acatamiento de las medidas, dictadas por su propio gobierno, respecto a la pandemia.

O los países de Europa del Este, que luego de haber formado parte de la órbita de influencia soviética hoy ostentan gobiernos que rozan con el fascismo, los países bálticos, Polonia o Hungría. En ellos se han establecido gobiernos impresentables que hacen sonrojar a la misma Unión Europea, que se lamenta de haber sido tan flexible (y ambiciosa) como para haberles permitido la entrada a su redil.

El panorama es el del cowboy y sus secuaces que entran en la cantina buscando pleito. Puestos a comparar, hay poca diferencia entre los desplantes de Donald Trump y el de este presidente que pintaba insípido, inodoro e incoloro. Puesto contra la pared, sin embargo, por la desaprobación creciente a su gestión dentro de su propio país, se le da por repetir el guion al que han acudido todos sus predecesores en las mismas circunstancias: armar lío en el vecindario para tratar de cohesionar a sus compatriotas en torno a las ínfulas de gran potencia que, sí, sigue siendo, aunque cada vez más jaqueada.

Qué paradoja que quienes se erigen como valladar frente a ella sean las potencias que, cuando en ambas ejercían el poder “las huestes del proletariado”, se mostraron uñas y colmillos incidiendo en la atomización del movimiento comunista. Hoy, la realpolitik los lleva hacer causa común y no solo en el ámbito bélico, sino también en lo que potencia el desarrollo económico mutuo. El tema del gas ruso es uno de ellos. Rusia ha construido gasoductos a un costo milmillonario tanto hacia la Unión Europea como hacia China, porque el gas se ha constituido en su principal rubro de exportación; y la famosa Ruta de la Seda, también conocida como Puente Terrestre Euroasiático, que implica transporte ferroviario para el movimiento de trenes de mercancías y de pasajeros por tierra entre los puertos del Pacífico, en el Lejano Oriente ruso y chino, y los puertos marítimos en Europa.

Se trata de megaproyectos que tienen nervioso a los Estados Unidos. Sus respuestas son tanto económicas -como su alianza con los países del sudeste asiático agrupados en la ASEAN-, como bélicas. Estas últimas mantienen en tensión puntuales y variadas zonas del mundo en el que, como machitos encrespados, enseñan los dientes en regiones muchas veces de límites inciertos en los que en cualquier momento se puede producir un incidente de consecuencias incalculables

Ucrania es una de esas zonas calientes del planeta en la que todos sacan pecho y lanzan gritos estentóreos para amedrentar al contrincante. A los Estados Unidos, sin embargo, les está pasando factura, como al pastorcillo mentiroso que tantas veces anunció falsamente que llegaba el lobo, los antecedentes que le hacen aparecer como cínico falsario cuyas aventuras hay que tomar con pinzas.