Almudena Grandes habló de la dictadura franquista con el corazón Sebastiaan Fabers. Hispanista holandés.. Director del Oberlin Center for Languages (JACOBIN)

Almudena Grandes, fallecida (1.12.21), hizo más que cualquier otro novelista de su generación para cambiar la forma en que su país se relaciona con su historia reciente.

Transformar la memoria histórica en energía política implica una labor enorme. Almudena Grandes dedicó sin pausa los últimos quince años de su vida a esa tarea, como intelectual pública y, sobre todo, como novelista.

Almudena Grandes, fallecida*, hizo más que cualquier otro novelista de su generación para cambiar la forma en que su país se relaciona con su historia reciente.

Nacida en 1960 en Madrid, se hizo un nombre en 1989, con la publicación de Las edades de Lulú, novela erótica que inspiró la película del mismo nombre dirigida por Bigas Luna y protagonizada por Francesca Neri y un joven Javier Bardem. Las novelas que siguieron, incluyendo la voluminosa Malena es un nombre de tango (760 páginas) confirmó su estatus de escritora de mamotretos cautivantes y gran éxito comercial.

Pero Grandes alcanzó su madurez novelística con sus libros históricos sobre los los años de la Segunda República (1931-1939), la guerra civil (1936-1939) y la dictadura franquista (1939-1975), centrados en la vida cotidiana durante esa época turbulenta. El corazón helado inauguró esta etapa en 2007. En 2010 llegó Inés y la alegría, anunciada como la primera de una serie ambiciosa, titulada Episodios de una guerra interminable, proyecto inspirado en la mítica serie de novelas históricas legadas por el genio de Benito Pérez Galdós en el siglo diecinueve. Antes de morir, Grandes llegó a publicar cinco de las seis novelas anticipadas, que, tomadas en conjunto, vendieron al día de hoy 1,3 millones de ejemplares.

Grandes también fue una voz importante en la vida pública española. Columnista regular de El País e invitada ocasional en programas de televisión y de radio, defendió desde una posición de izquierda la Ley de Memoria Histórica de España. En 2006, tres semanas antes del 75° aniversario de la Segunda República española, escribió una columna de opinión en el El País donde argumentó que la República nunca había estado tan cerca.

«Esta primavera republicana», escribió, «encuentra a los herederos naturales de los españoles del 31 en un estado de ánimo muy sensible». Pero sin miedo: «Los nietos, biológicos o adoptivos, de los republicanos del 31 nos hemos hecho mayores. Somos la primera generación de españoles, en mucho tiempo, que no tiene miedo, y por eso hemos sido también los primeros que se han atrevido a mirar hacia atrás sin sentir el pánico de convertirse en estatuas de sal».

Grandes describía así un fenómeno social del que pronto se convirtió en una fuerza orientadora: un cambio de paradigma en la forma en que los españoles se relacionan con su pasado colectivo. Hacía aproximadamente seis años, Emilio Silva había logrado localizar y exhumar los restos de su abuelo republicano en una fosa común al norte de la provincia de León. El acontecimiento terminó siendo el punto de partida de un movimiento cívico que avanzó bajo la bandera de la recuperación de la memoria histórica y que inauguró un cambio de actitud frente a los años de la República, la guerra, la dictadura y la transición democrática.

Como Grandes argumentó con justeza, aunque fueron muchas las emociones —curiosidad, amor, indignación— que guiaron el cambio, el miedo no contaba entre ellas. El movimiento por la memoria no titubeó cuando tuvo que enfrentar a una derecha española envalentonada, que viene promoviendo una narrativa revisionista de tintes neofranquistas desde fines de los años 1990. Pero tampoco tuvo miedo de plantarse frente a una izquierda institucional que había proclamado que la única actitud moralmente adecuada y políticamente segura frente al período 1931-1978 pasaba por la neutralidad, la distancia y la objetividad, es decir, que había que conformarse con una actitud aséptica. Como escribió el historiador Santos Juliá, su generación estaba convencida de que era mejor «arrojar el pasado al olvido». Por supuesto, era posible estudiarlo, pero solo como una «historia, un pasado clausurado, algo […] que debe dejarse de lado con el fin de abrir la única vía capaz de llevarnos de nuevo a la democracia y la libertad».

Las novelas históricas que Grandes escribió a partir de los años 2000, comenzando con El corazón helado, proponen algo muy distinto. En vez de poner en juego una relación aséptica con el conflictivo siglo veinte español, observan el pasado a través de un lente emocional y afectivo. En lugar de descartar la historia como un territorio peligroso y una amenaza a la supervivencia democrática del país, argumentan que ciertos capítulos del pasado reciente representan un legado que vale la pena recuperar, no solo en términos morales, con el objetivo de otorgarle el lugar que merece en la memoria colectiva del país, sino también por su relevancia política. «La segunda república», escribió Grandes en 2006, «surge […] como un ejemplo moral, como un modelo de dignificación de la vida pública, un claro ejemplo de la política comprendida como el compromiso con la tarea de orientar a un pueblo hacia el futuro. Vista a la distancia, sus valores no solo se prueban admirables, sino indispensables para nuestra realidad presente».
El arduo trabajo de la memoria
Grandes sabía bien que otorgar al pasado el lugar que merece en el presente político no es una tarea fácil. Como indica el término alemán Erinnerungsarbeit (trabajo de la memoria), transformar la memoria histórica en energía política implica una labor enorme. Sin embargo, Grandes dedicó sin pausa los últimos quince años de su vida a esa tarea, como intelectual pública y, sobre todo, como novelista.

Si sus novelas históricas son fruto de ese arduo trabajo de la memoria —ejemplo tangible de cómo una persona es capaz de relacionarse de un modo moral y políticamente relevante con su pasado—, sus argumentos nos brindan, a cambio, un ejemplo suplementario a través de las vidas de sus protagonistas. El corazón helado, por ejemplo, abre con el funeral del rico y amado padre del protagonista. Pero Álvaro, nuestros héroe, descubre pronto que el difunto había acumulado esa fortuna a costa de los muertos de la represión franquista. El dilema de Álvaro es personal (¿cómo recomponer la relación con el padre después de enterarse de que era una basura?), pero también es colectivo. Su dilema refleja el de una generación entera de españoles que dudan en criticar el período franquista porque eso los forzaría a revisar moralmente la historia de sus propias familias, por no decir nada de su estatus social y económico.

La novela termina planteando una doble resolución del dilema moral. Primero, Álvaro se enamora de una descendiente de la misma familia republicana cuyas posesiones saqueó su padre. Segundo, buceando en el pasado de su familia, descubre que la madre de su padre había sido una republicana destacada y que había muerto en una cárcel franquista. Con todo, más allá de la relativa simplicidad de esta resolución —y su ligero toque melodramático— la novela efectúa un trabajo político importante. Al final, Grandes no solo invita a sus lectores a relacionarse con el pasado colectivo de un modo mediado por los afectos, no aséptico, sino que muestra que es posible hacerlo con independencia del marco de la propia genealogía. La relación afectiva con el pasado que postula su obra no está limitada por el amor moral —y apolítico— que sentimos por nuestras madres, padres, abuelas y abuelos. En cambio, es una relación afectiva que, más allá de la filiación, es capaz de transformarse en un compromiso cívico o político.

Ese tipo de compromiso se funda en la relación «asociativa» descripta por Edward Said en The World, The Text, and the Critic: vínculos sociales capaces de «sustituir aquellos lazos que conectan a los miembros de una misma familia a través de las generaciones». Esos vínculos implican un acto consciente de asociación, guiado menos por la genética que por la solidaridad, la compasión y la identificación: «por convicciones políticas y sociales, circunstancias históricas y económicas, esfuerzo voluntario y deliberación consciente». Es lo que Grandes quiso decir cuando, en su columna de 2006, habló de los nietos «biológicos o adoptivos» de los republicanos de 1931 (las cursivas son nuestras).

Para Grandes, escribir ficción histórica implicaba tomar partido. Para muchos españoles, sucede lo mismo con la lectura de sus obras. Como escritora de best-sellers comprometida profundamente con la causa de la memoria histórica, Grandes hizo posible que miles de lectores establecieran un vínculo «asociativo» con ciertos capítulos de su pasado, ausentes de la historia aprendida en las escuelas y declarado tóxico para el público general por los académicos. Ese es el legado que nos deja.


Traducción: Valentín Huarte