Noam Chomsky: el supremacismo de EEUU atiza el conflicto C. J. Polychroniou* Politólogo y economista político, escritor y periodista.**

Protesta suprematista en EEUU contra los ataques a Ucrania.

El pánico político irracional es un fenómeno tan estadunidense como el pay de manzana. A menudo surge como resultado de una incapacidad potencial de los poderes fácticos de controlar el desenlace de acontecimientos que plantean desafíos a los intereses del orden socioeconómico existente o al statu quo del ambiente geoestratégico.

La era de la guerra fría llena volúmenes acerca de este fenómeno, pero también es evidente en periodos anteriores –por ejemplo, el primer “terror rojo” posterior a la Primera Guerra Mundial–, y todos podemos ver claros paralelos en la situación actual, con las reacciones al conflicto en Ucrania y al surgimiento de China como potencia global.

En la entrevista siguiente, el renombrado intelectual Noam Chomsky aborda el fenómeno del pánico político irracional en Estados Unidos, con énfasis en los sucesos actuales en el frente de la política exterior, y los peligros de buscar mantener la hegemonía global en un mundo multipolar.

–La cultura política en Estados Unidos parece tener propensión hacia el alarmismo cuando se trata de sucesos políticos que no están en consonancia con los intereses económicos, el marco ideológico y los intereses estratégicos de los poderes fácticos. De hecho, desde el pánico antiespañol de finales de la década de 1890 hasta la furia actual por las preocupaciones políticas de Rusia sobre Ucrania, y el creciente papel de China en los asuntos mundiales y todo lo que hay en medio, el establishment político y los medios de este país tienden a responder con alarma total hacia sucesos que no se alinean a los intereses, valores y objetivos estadunidenses. ¿Puede comentar sobre este peculiar estado de cosas, con particular énfasis en lo que ocurre hoy en relación con Ucrania y China?

–Muy cierto. A veces es difícil de creer. Uno de los ejemplos más significativos y reveladores es el marco retórico del documento principal de planeación de los primeros años de la guerra fría, el NSC-68 de 1950, poco después de “la pérdida de China”, que desencadenó una histeria en Estados Unidos. El documento puso el escenario para una enorme expansión del presupuesto militar. Vale la pena recordarlo hoy, cuando los ecos de esas locuras están reverberando, y no por primera vez: es perenne.

Las políticas recomendadas por el NSC-68 han sido ampliamente discutidas en la academia, aunque pasando por alto la retórica histérica. Se lee como un cuento de hadas: el mal absoluto confrontado por la pureza total y el noble idealismo. De un lado está el “Estado eslavo”, con su “designio fundamental” y su inherente “compulsión” por ganar “autoridad absoluta sobre el resto del mundo”, destruyendo a todos los gobiernos y la “estructura de la sociedad” en todas partes. Su maldad absoluta contrasta con nuestra total perfección. El “propósito fundamental” de Estados Unidos es asegurar “la dignidad y valor del individuo” en todas partes. Sus líderes son animados por “impulsos generosos y constructivos, y la ausencia de codicia en nuestras relaciones internacionales”, lo que es particularmente evidente en los dominios tradicionales de la influencia estadunidense, el hemisferio occidental, que durante tanto tiempo ha sido el beneficiario de la tierna solicitud de Washington, como sus habitantes pueden atestiguar.

Cualquier persona familiarizada con esta historia y con el balance real del poder global en ese tiempo habría reaccionado con total estupefacción ante esa representación. Sus autores del Departamento de Estado no podían haber creído lo que escribían. Algunos dieron más tarde una indicación de lo que se proponían. El entonces secretario de Estado, Dean Acheson, explicó en sus memorias que, para dar un empujón a la enorme expansión militar planeada, era necesario “machacar la concepción general del más alto nivel de gobierno” en formas que eran “más claras que la verdad”. El muy influyente senador Arthur Vanderberg sin duda lo entendió así cuando aconsejó (en 1947) que el gobierno debería “matar de miedo al pueblo estadunidense” para sacarlo de su atraso pacifista.
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Hay muchos precedentes, y los tambores suenan ahora con advertencias acerca de la complacencia e ingenuidad estadunidense acerca de las intenciones del “perro loco” Putin de destruir la democracia en todas partes y someter al mundo a su voluntad, ahora en alianza con el otro “gran Satanás”, Xi Jinping.

La cumbre Putin-Xi del 4 de febrero, sincronizada con la apertura de los Juegos Olímpicos, fue reconocida como un acontecimiento primordial en los asuntos mundiales. La crónica en el New York Times se titula “Un nuevo eje”, una alusión descarada. La nota reporta las intenciones de reencarnación de las potencias del Eje: “El mensaje que China y Rusia han enviado a otros países es claro”, escribe David Leonhardt. “No presionarán a otros gobiernos para respetar los derechos humanos o realizar elecciones”. Y, para consternación de Washington, el Eje está atrayendo a dos naciones del “campo estadunidense”, Egipto y Arabia Saudita, ejemplos estelares de cómo Estados Unidos respeta los derechos humanos y las elecciones en su campo: enviando enormes cantidades de armas a esas dictaduras brutales y participando directamente en sus crímenes. El Nuevo Eje también sostiene que “un país poderoso debe ser capaz de imponer su voluntad dentro de su esfera declarada de influencia. Incluso debe poder derrocar a un gobierno débil cercano sin que el mundo interfiera”… idea que Estados Unidos siempre ha aborrecido, como muestra el registro histórico.

Hace dos mil quinientos años, el oráculo de Delfos emitió una máxima: “Conócete a ti mismo”. Vale la pena recordarlo, quizás.

Como en el caso del NSC-68, hay método en la locura. China y Rusia son amenazas reales. La hegemonía mundial no las toma a la ligera. Hay ciertos rasgos comunes notables en la forma en que la opinión y las políticas estadunidenses reaccionan a estas amenazas. Merecen cierta consideración.

El Consejo Atlántico describe la formación del Nuevo Eje como un “desplazamiento tectónico en las relaciones globales”, con planes que “causan vértigo”: “Las partes acordaron vincular más estrechamente sus economías a través de la cooperación entre la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China y la Unión Económica Euroasiática de Putin. Trabajarán juntas para desarrollar el Ártico. Profundizarán la coordinación con instituciones multilaterales y combatirán el cambio climático”.

No debemos subestimar la gran significación de la crisis ucrania, añade Damon Wilson, presidente del Fondo Nacional por la Democracia. “Lo que está en juego en la crisis actual no se refiere sólo a Ucrania, sino al futuro de la libertad”, nada menos.

Se tienen que tomar medidas fuertes e inmediatas, afirma el líder de la minoría republicana en el Senado, Mitch McConnell: “El presidente Biden debe utilizar todas las herramientas de su caja e imponer duras sanciones antes de una invasión, y no después de que ocurra”. No hay tiempo para entretenerse en llamados al estilo Macron al oso furioso para que aplaque su violencia.

La doctrina recibida es que debemos confrontar la formidable amenaza de China y mantener la firmeza en torno a Ucrania, mientras Europa vacila y Ucrania nos pide bajarle a la retórica y procurar medidas diplomáticas. Por fortuna para el mundo, Washington se mantiene incólume en su dedicación a lo que es correcto y justo, incluso si está casi solo, como cuando invade Irak y ahoga a Cuba, desafiando una protesta internacional virtualmente unánime, por poner sólo dos de una multitud de ejemplos.

Para ser justos, la adhesión a la doctrina no es uniforme. Hay desviación, con más fuerza en la extrema derecha: Tucker Carlson, probablemente la voz más influyente de la televisión, ha dicho que no debemos involucrarnos en defender a Ucrania de Rusia… porque debemos dedicar todos nuestros recursos a confrontar la amenaza china, que es mucho más pavorosa. Tenemos que tener claras nuestras prioridades al combatir al Eje.

Las advertencias sobre la movilización rusa para invadir Ucrania han sido un evento anual para los medios desde la crisis de 2014, con reportes regulares de decenas o cientos de miles de soldados rusos preparando el ataque. Hoy, sin embargo, las advertencias son mucho más estridentes, con una mezcla de temor y ridículo hacia el llamado Loco Vladi, a quien Thomas Friedman, del New York Times, describe como “un sicodrama de un solo hombre, con un gigantesco complejo de inferioridad hacia Estados Unidos que lo deja siempre acosando al mundo con una teja tan grande en el hombro, que es asombroso que quepa por cualquier puerta” o, desde otra perspectiva, cuando el líder ruso busca en vano alguna respuesta a sus reiteradas solicitudes de alguna atención a las preocupaciones expresadas por Rusia. Un análisis de MintPress encontró que 90 por ciento de los artículos de opinión en los tres principales diarios del país han adoptado una postura militante tipo halcón, con apenas algún cuestionamiento, fenómeno conocido, como en los días anteriores a la invasión de Irak y, de hecho, rutinario cuando el Estado ha dado la consigna.

Como en el caso de la conspiración sino-soviética para ganar “autoridad absoluta sobre el resto del mundo” en 1950, ahora la consigna es que Estados Unidos debe actuar con decisión para contrarrestar la amenaza del Nuevo Eje al “orden mundial basado en reglas” que es proclamado por los comentaristas estadunidenses, concepto interesante al que volveré brevemente.

El “desplazamiento tectónico” no es un mito, y es verdad que amenaza a Estados Unidos. Amenaza la primacía estadunidense en cuanto a dar forma al orden mundial. Esto se aplica a las dos áreas de crisis, en las fronteras de Rusia y China. En ambos casos, los acuerdos negociados están al alcance: acuerdos regionales. Si se logran, Estados Unidos sólo tendrá un papel secundario, que podría no estar dispuesto a aceptar, incluso al costo de inflamar confrontaciones extremadamente peligrosas.

En Ucrania, los contornos básicos de un acuerdo son bien conocidos en todas partes; hemos hablado de ellos antes. Para repetirlo, el desenlace óptimo para la seguridad de Ucrania (y del mundo) es esa especie de neutralidad austriaca/nórdica que prevaleció durante los años de la guerra fría, ofreciéndole la oportunidad de ser parte de Europa occidental en la extensión que prefiera y en todos los aspectos, excepto en proporcionar bases militares a Estados Unidos, las cuales habrían sido una amenaza tanto para ella como para Rusia. En cuanto a los conflictos internos de Ucrania, Minsk II aporta un marco general.

Como observan muchos analistas, Ucrania no se unirá a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el futuro previsible. George W. Bush le lanzó una apresurada invitación a unirse, pero fue vetada de inmediato por Francia y Alemania. Aunque sigue sobre la mesa por presión estadunidense, no es opción. Todas las partes lo reconocen. El astuto y enterado experto en Asia Central Anatol Lieven comenta que “todo el asunto de la membresía de Ucrania en la OTAN es de hecho puramente retórico, de modo que, en algunos aspectos, toda esta discusión carece de materia… en ambos lados, debe decirse, del lado ruso igual que de Occidente”.

Su comentario trae a la mente la descripción que el argentino Jorge Luis Borges hizo de la guerra de las Malvinas: dos calvos peleando por un peine.

Rusia alega cuestiones de seguridad. Para Estados Unidos es cuestión de principios: no podemos infringir el sagrado derecho de las naciones a la soberanía, como sería el derecho de unirse a la OTAN, cosa que Washington sabe que no va a ocurrir.

Del lado ruso, una promesa formal de no alineamiento en poco contribuye a la seguridad, como no contribuyó a ella cuando Washington garantizó a Gorbachov que “ni un centímetro de la actual jurisdicción militar de la OTAN se extenderá hacia el este”, lo que fue pronto abrogado por Clinton y luego de modo más radical por George W. Bush. Nada habría cambiado si la promesa se hubiera elevado de un acuerdo de caballeros a un documento firmado.

El compromiso estadunidense apenas si se eleva al nivel de la comedia. Estados Unidos tiene absoluto desdén por el principio que proclama con orgullo, de lo cual la historia reciente aporta una vez más una dramática confirmación.

Para Washington, existe una cuestión más profunda: un acuerdo regional constituiría una seria amenaza al papel global de Estados Unidos. Esta preocupación se ha estado cocinando desde los años de la guerra fría. ¿Asumirá Europa un papel independiente en los asuntos mundiales, como sin duda puede hacerlo, tal vez siguiendo líneas gaullistas: Europa del Atlántico a los Urales, concepto revivido por Gorbachov en 1989, cuando propuso un “hogar común europeo”, un “vasto espacio económico desde el Atlántico hasta los Urales”? Aún más impensable sería la visión más amplia de Gorbachov de un sistema de seguridad euroasiático desde Lisboa hasta Vladivostok sin bloques militares, derribada sin discusión en las negociaciones de hace 30 años sobre un acuerdo posterior a la guerra fría.

El compromiso de mantener el orden atlanticista en Europa, en el cual Estados Unidos reina sin disputa, ha tenido implicaciones políticas que van más allá de Europa misma. Un ejemplo crucial fue Chile en 1973, cuando Estados Unidos se esforzaba por derrocar al gobierno parlamentario, y finalmente triunfó con la instalación de la dictadura asesina de Pinochet. Una razón primordial para destruir la democracia en Chile fue explicada por su principal arquitecto, Henry Kissinger. Advirtió que las reformas sociales parlamentarias en Chile podrían aportar un modelo para esfuerzos similares en Italia y Espala, que podrían poner a Europa en una ruta independiente, lejos de la subordinación al control de Washington y al modelo estadunidense de crudo capitalismo. Es la teoría del dominó, a menudo ridiculizada pero jamás abandonada, porque es un importante instrumento de gobierno. El tema surge de nuevo con respecto a un acuerdo regional en el conflicto ucranio.

Mucho de esto ocurre en la confrontación con China. Como hemos dicho antes, hay serios asuntos referentes a la violación del derecho internacional por China en los mares vecinos, aunque, como único país marítimo que rehúsa incluso ratificar la Ley del Mar de Naciones Unidas, Estados Unidos no está precisamente en una posición fuerte para objetar. Tampoco mitiga Washington estos problemas al enviar una armada naval a través de esas aguas o al proveer a Australia de una flota de submarinos nucleares para aumentar la ya abrumadora superioridad militar estadunidense frente a las costas de China. Estos temas pueden y deben ser abordados por las potencias regionales.

Sin embargo, como en el caso de Ucrania, existe un inconveniente: Estados Unidos no estaría al mando.

De manera similar, Washington proclama su compromiso con elevados principios al ponerse a la cabeza de la confrontación contra la amenaza china: su horror ante los abusos a los derechos humanos, que sin duda son graves. De nuevo, es fácil aquilatar la sinceridad de esta postura. Un índice revelador es la ayuda militar estadunidense. A la cabeza, en una categoría por sí solos, están Israel y Egipto. Sobre el historial israelí en derechos humanos, podemos referirnos ahora a los detallados informes de Amnistía Internacional y Human Rights Watch, que revisan los crímenes del que llaman el segundo Estado apartheid del mundo. Egipto padece la más cruel dictadura de su atormentada historia. En términos más generales, durante muchos años ha habido una patente correlación entre la ayuda militar estadunidense y la tortura, las masacres y otros graves abusos contra los derechos humanos.

No hay más necesidad de detenernos en la preocupación de Washington por los derechos humanos que en su devoción por el sagrado principio de la soberanía. El hecho mismo de que se discutan estos absurdos ilustra hasta qué profundidad han calado los vuelos retóricos del NSC-68 en la cultura intelectual.

El conferencista Guy Laron, de la Universidad Hebrea, nos recuerda otra faceta de la crisis ucrania: la larga lucha entre Estados Unidos y Rusia por el control de la energía en Europa, que ha vuelto a ocupar los encabezados. Ya desde antes de que Rusia entrara en escena, Washington buscaba llevar a Europa (y Japón) a una economía basada en el petróleo, donde Estados Unidos tendría la mano en la llave. Gran parte de la ayuda del Plan Marshall se dirigía a este fin. Desde George Kennan a Zbigniew Brzezinski al comentar sobre la invasión de Irak (a la cual se opuso, pero sentía que podría dar ventajas a Estados Unidos con el control anticipado de importantes recursos petroleros), los planificadores han reconocido que el control sobre los recursos energéticos podría brindar una “influencia crítica” sobre los aliados. Los años posteriores vieron muchas escaramuzas en el marco de la guerra fría que Laron describe, hoy muy prominentes. Ucrania ha tenido buena parte de estas confrontaciones.

En todo esto, por supuesto, la formación del orden mundial ha sido una preocupación que impulsa a quienes formulan políticas. Para el gobierno estadunidense posterior a la Segunda Guerra Mundial, sólo hay una forma aceptable: bajo su liderazgo. Y debe ser una forma particular de orden mundial: el “orden internacional basado en reglas”, que ha desplazado a un compromiso anterior con el “orden internacional basado en Naciones Unidas”, establecido bajo conducción estadunidense después de la Segunda Guerra Mundial. No es difícil discernir las razones de la transición en esta política y en los comentarios que la acompañan: en el orden basado en reglas, Estados Unidos impone las reglas.

Lo mismo ocurría con el orden basado en Naciones Unidas en los días posteriores a la Segunda Guerra Mundial. El dominio global estadunidense era tan abrumador, que la ONU servía virtualmente como una herramienta de la política exterior de Washington y un arma contra sus enemigos. No es sorprendente que entonces la ONU gozara de mucho prestigio en la cultura popular e intelectual estadunidense, junto con el orden internacional basado en Naciones Unidas, guiado por Washington.

Esa fase resultó pasajera. Naciones Unidas comenzó a caer de la gracia de la opinión de la élite de Estados Unidos conforme se salió de control con la recuperación de otras sociedades industriales, pero en particular con la descolonización, la cual llevó voces discordantes a la ONU, y también con estructuras independientes, como el Movimiento No Alineado y muchas otras, todas muy declarativas y activas, aunque segregadas del orden informativo internacional, dominado por las sociedades imperiales tradicionales.

Dentro de Naciones Unidas se dieron llamados a un “nuevo orden económico internacional” que ofrecería al sur global algo mejor que la continuación del despojo en gran escala, la intervención violenta y la subversión que el mundo colonizado había disfrutado durante el largo reinado del imperialismo occidental. Había otras amenazas, como un llamado a un Nuevo Orden Informativo Internacional, que ofrecería alguna oportunidad para que las voces de las antiguas colonias entrasen al sistema informativo internacional, casi un monopolio de las potencias imperiales.

Los amos del mundo emprendieron vigorosas campañas para combatir esos esfuerzos, capítulo importante, pero en gran medida ignorado, de la historia moderna, aunque no por completo: hay algunos excelentes trabajos de exposición y análisis.

Un efecto de los esfuerzos perturbadores del sur global fue volver la práctica y la opinión de la élite estadunidense contra la ONU, que ya no era una confiable agencia del poderío estadunidense como en los primeros años de la guerra fría. Además, los fundamentos del moderno derecho internacional en los pocos tratados que Estados Unidos ratificó se volvieron por completo inaceptables al paso de los años, en particular la prohibición de “la amenaza del uso de la fuerza” en asuntos internacionales, práctica en la cual Estados Unidos está por mucho a la vanguardia. Es convencional decir que Estados Unidos y Rusia se enredaron en guerras de aliados durante los años de la guerra fría, pero se omite el hecho de que, salvo algunas excepciones, fueron conflictos en los que Rusia proporcionaba algún apoyo a víctimas de ataques estadunidenses. Temas todos que debieron tener mucha mayor prominencia.

En este contexto, el “orden internacional basado en reglas” se convirtió en el pilar favorito del orden mundial, y muchos se molestaron cuando China llamó al orden internacional basado en Naciones Unidas, como hizo en la rencorosa cumbre China-Estados Unidos de marzo de 2021 en Alaska (haciendo a un lado la sinceridad de esas declaraciones).

Es interesante ver cómo el conflicto con China se aborda en la política estadunidense y el discurso en otros dominios. Una nota de primera plana en el New York Times lleva este encabezado: “La Cámara aprueba una ley que añade miles de millones de dólares a la investigación para competir con China; la votación entra en conflicto con el Senado, que tiene diferentes recomendaciones sobre cómo Estados Unidos debe fortalecer su industria tecnológica para enfrentar a China”. El nombre oficial de la legislación es “Ley Estados Unidos Compite de 2022”, es decir, compite con China.

La adopción de esta ley fue encomiada por la prensa de izquierda liberal: “La Cámara dio al presidente Joe Biden otra razón para celebrar este viernes, con la adopción de una ley dirigida a aumentar la competitividad con China”.

¿Podría el Congreso apoyar la investigación y desarrollo porque ayudaría a la sociedad estadunidense, como sin duda ocurrirá con esta iniciativa? En apariencia no, sino sólo porque “enfrentaría a China”. Los republicanos se opusieron a la iniciativa, como es usual, en este caso porque “concede demasiado a China”. También se opusieron a lo que llamaron iniciativas de “extrema izquierda”, como enfrentar el cambio climático. El líder republicano en la Cámara, Kevin McCarthy, se refirió con desdén a la iniciativa como la “ley de los arrecifes de coral”. ¿De qué manera salvar a la humanidad de la autodestrucción ayuda a competir con China?

Comentario al margen: una enmienda a la iniciativa fue introducida por Pramila Jayapal, presidenta de la Junta Progresista, la cual llamaba a liberar los casi 10 mil millones de dólares retenidos al gobierno afgano en bancos de Nueva York, para ayudar a mitigar la horrenda crisis humana que enfrenta su población. Fue rechazada. Cuarenta y cuatro demócratas secundaron la brutalidad republicana. Al parecer, la Organización de Cooperación de Shangai, con sede en China, parecía estar planeando enviar ayuda, una amenaza china más.

No se puede negar que China es una potencia emergente que confronta a Estados Unidos. Comentando un estudio del Centro Belfer de Asuntos Internacionales, de la Universidad Harvard, Graham Allison sostuvo que la llamada Trampa de Tucídides probablemente conduzca a una guerra entre China y Estados Unidos.

Eso no puede ocurrir. Una guerra entre esas potencias significa simplemente: fin del juego. Existen asuntos globales en los cuales Estados Unidos y China deben cooperar. O trabajan juntos o se derrumban juntos, arrastrando al mundo con ellos.

–Uno de los sucesos más notables en la arena internacional de hoy es que, mientras Estados Unidos se retira de Medio Oriente y otras partes, China se acerca a ellos, pero con un enfoque estratégico diferente y una agenda general. En vez de bombas, misiles y diplomacia coercitiva, China expande su influencia mediante el uso de “poder blando”. De hecho, la expansión estadunidense en el exterior siempre dependió en forma abrumadora del uso del poder duro, y, en consecuencia, sólo dejó hoyos negros después de su retiro. ¿En qué extensión, como algunos podrían sostener, es esto resultado de una nación joven, ignorante de la historia y con falta de experiencia en asuntos globales (aunque sería difícil encontrar algún ejemplo de imperialismo benigno)?

–No creo que Estados Unidos haya forjado nuevos caminos en la brutalidad imperial occidental. Considérese simplemente a sus predecesores inmediatos en el control mundial. La riqueza y poderío mundial de Gran Bretaña derivaron de la piratería (figuras heroicas como Sir Francis Drake), del despojo a India con engaños y violencia, espantosa esclavitud, la mayor empresa mundial de narcotráfico y otros actos igualmente refinados. Francia no fue diferente. Bélgica rompió récords en crímenes atroces. No se puede decir que la China actual sea benigna dentro de su alcance, mucho más limitado. Sería difícil encontrar excepciones.

Los dos casos que usted menciona tienen rasgos sumamente instructivos, mostrados con claridad, si bien sin intención, por la forma en que son representados. Veamos un artículo del New York Times acerca de la creciente amenaza china. El encabezado dice: “Mientras EU se retira de Medio Oriente, China se acerca, expandiendo sus lazos con estados de la zona mediante vastas inversiones en infraestructura y cooperación en tecnología y seguridad”.

Es correcto; es un ejemplo de lo que ocurre en todo el mundo. Estados Unidos retira fuerzas militares que han aporreado la región durante décadas en el tradicional estilo imperial. Los malvados chinos explotan el retiro expandiendo su influencia con inversiones, préstamos, tecnología, programas de desarrollo, lo que se conoce como “poder blando”.

No sólo en Medio Oriente. El proyecto más extenso de China es la enorme Iniciativa de la Franja y la Ruta (IFR), que toma forma dentro del marco de la Organización de Cooperación de Shangai, que incorpora a los estados de Asia central, India, Pakistán, Rusia, ahora irán, y se extiende hasta Turquía, con la mira puesta en Europa central. Podría incluir a Afganistán si es que puede sobrevivir a su catástrofe actual. La ayuda y desarrollo de China podrían hacer que ese país pase de la producción de heroína para Europa, que fue el núcleo de su economía durante la ocupación estadunidense, a la explotación de sus ricos recursos minerales.

La IFR tiene ramificaciones en Medio Oriente, incluso en Israel. Existen programas de acompañamiento en África y ahora también en América Latina, contra las enérgicas objeciones de Estados Unidos. En fechas recientes, China anunció que se hará cargo de las instalaciones fabriles que la Ford abandonó en Sao Paulo para iniciar la producción en gran escala de vehículos eléctricos, área en la cual ese país lleva primacía por mucho.

Estados Unidos no tiene forma de contrarrestar esos esfuerzos. En las comunidades rurales, las bombas, misiles y ataques con fuerzas especiales sencillamente no funcionan.

Es un viejo dilema. Hace 60 años, en Vietnam, los esfuerzos de contrainsurgencia de Estados Unidos fueron obstruidos por un problema que fue reconocido con consternación por la inteligencia estadunidense y por los Consejeros de Provincias: la resistencia vietnamita –el vietcong, en el discurso estadunidene– libraba una guerra política, dominio en el cual Estados Unidos era débil. Washington respondió con una guerra militar, área en la cual es fuerte, pero eso no pudo vencer el atractivo de los programas del vietcong entre la población campesina.

La única forma en que el gobierno de John F Kennedy pudo reaccionar a la guerra política del vietcong fue bombardeando zonas rurales, autorizando el uso del napalm, la destrucción en gran escala de cultivos y ganado y otros programas para empujar a los campesinos a virtuales campos de concentración, donde podían ser “protegidos” de los guerrilleros a quienes Estados Unidos sabía que apoyaban. Sabemos las consecuencias.

Antes, el dilema había sido explicado por el secretario de Estado, John Foster Dulles, al hablar en el Consejo Nacional de Seguridad sobre los problemas de Estados Unidos con Brasil, donde las élites, dijo, son “como niños, sin capacidad para gobernarse”. Peor aún: en sus palabras, Estados Unidos “va muy a la zaga de los soviéticos en desarrollar controles sobre las mentes y emociones de los pueblos incultos” del sur global, e incluso sobre sus élites que tenían estudios. Dulles se lamentaba ante el presidente de la “capacidad de los comunistas para controlar movimientos de masas… algo que no tenemos capacidad de duplicar. Ellos atraen a los pobres y siempre han querido despojar a los ricos”.

Dulles no mencionó lo obvio: de alguna manera los pobres no responden bien a nuestros llamados a los ricos para despojar a los pobres, así que, con gran renuencia, tenemos que recurrir a nuestra arena de violencia, en la que tenemos el dominio.

No es diferente al dilema que se presenta cuando China “se acerca” al sur global “expandiendo sus vínculos mediante vastas inversiones en infraestructura y cooperación en tecnología y seguridad”. Ése es un elemento central de la amenaza china que suscita tantos temores y angustia.

Estados Unidos reacciona a la creciente amenaza china en la arena donde es fuerte. Desde luego, su poderío militar es abrumador en todo el mundo, incluso frente a las costas de China. Pero se está reforzando. En diciembre pasado, según informa el analista militar Michael Klare, el presidente Biden firmó la Ley de Autorización de la Defensa Nacional, la cual prevé una “cadena ininterrumpida de estados centinelas armados por Estados Unidos, que se extiende desde Japón y Corea del Sur, en el Pacífico norte, hasta Australia, Filipinas, Tailandia y Singapur, en el sur, e India, en el franco oriental de China”, cuyo objetivo es rodear al país asiático.

Klare añade que, “de manera ominosa, Taiwán también está incluido en la cadena de estados centinelas armados”. La palabra “ominosa” está bien elegida. Desde luego, China considera que Taiwán es parte de su territorio. Formalmente, Estados Unidos está de acuerdo. La política oficial estadunidense reconoce a Taiwán como parte de China, con un acuerdo tácito de que no se darán pasos para cambiar su estatus por la fuerza. Donald Trump y su secretario de Estado, Mike Pompeo, se dedicaron a socavar esta fórmula. Ahora Washington la lleva al extremo. China tiene la opción de sucumbir o resistir. No va a sucumbir.

Éste es sólo un componente del programa para defender a Estados Unidos de la amenaza china. Un elemento complementario es minar la economía china por medios demasiado conocidos para examinarlos. En particular (a los ojos de Washington), se debe impedir que China avance en la tecnología del futuro y aumente su ventaja en algunos campos, como electrificación y energía renovable, las tecnologías que podrían salvarnos de nuestra carrera para destruir el medio ambiente que sostiene la vida.

Un aspecto de esos esfuerzos por socavar el progreso de China es presionar a otros países para que rechacen la superior tecnología china. El país oriental ha encontrado la forma de dar la vuelta a estos esfuerzos. Planea establecer escuelas técnicas en países del sur global para enseñar tecnología avanzada: tecnología china, que los egresados usarán. Una vez más, el tipo de agresión que es difícil enfrentar.

–La influencia de Estados Unidos disminuye claramente en el sistema internacional, pero uno no llegaría con facilidad a esta conclusión si observa la actual estrategia de seguridad estadunidense, que todavía está diseñada en torno de la doctrina de las “dos guerras”, aun si no lo dice expresamente. En este contexto, ¿podría alegarse que el imperio estadunidense se debilita en el siglo XXI, y que el fin del imperio no será un acontecimiento pacífico?

–Durante muchos años, en círculos de política exterior se ha vaticinado que China sobrepasará a Estados Unidos y dominará los asuntos mundiales, perspectiva dudosa, en mi opinión, a menos que Estados Unidos mantenga el curso actual de autodestrucción, que probablemente se aceleraría con la victoria en el Congreso del partido negacionista que se prevé para noviembre próximo.

Como hemos visto antes, durante algunos años el antiguo Partido Republicano ha sido descrito con más precisión como una “insurgencia radical”, que ha abandonado la política parlamentaria normal, tomando prestados los términos de los analistas políticos

Thomas Mann y Norman Ornstein, del American Enterprise Institute, hace una década, cuando la apropiación de esa insurgencia por Donald Trump no era aún una pesadilla.

El gobierno de Trump estableció una doctrina de dos guerras en todo, menos en el nombre. Una guerra entre dos potencias nucleares puede salirse de control con facilidad, y ello significaría el fin.

Un paso hacia la irracionalidad fue dado el pasado 27 de diciembre, tal vez en celebración de la Navidad, cuando el presidente Biden firmó la Ley de Autorización de Defensa Nacional, examinada anteriormente, que acentuaba la política de “envolvimiento” de China, en la que la “contención” ha quedado rebasada. Eso incluye la formación de la Cuarteta Estados Unidos-India-Japón-Australia, suplementando a la alianza AUKUS (Australia, Reino Unido, Estados Unidos) y a los Cinco Ojos de la Anglosfera, todas ellas alianzas militares estratégicas que confrontan a China.

China sólo tiene un territorio interior en problemas. Como se vio antes, el radical desequilibrio militar favorable a Estados Unidos es acentuado por otros actos de provocación, que conllevan gran riesgo. Al parecer, no podemos bajar la guardia ahora que las potencias del Eje marchan de nuevo.

Es demasiado fácil bosquejar una trayectoria probable que está lejos de ser una perspectiva agradable. Pero no debemos olvidar lo de siempre: no tenemos que ser espectadores pasivos y contribuir así al desastre potencial.


* C. J. Polychroniou es un politólogo y economista político, escritor y periodista, que ha enseñado y trabajado en numerosas universidades y centros de investigación en Europa y Estados Unidos. Sus principales intereses de investigación actuales se refieren a la política y la economía política estadunidenses, la integración económica europea, la globalización, el cambio climático y la economía ambiental, así como la deconstrucción del proyecto político-económico neoliberal. Ha publicado decenas de libros y más de mil artículos publicados en periódicos, revistas y sitios populares de noticias. Entre sus libros más recientes están Optimism Over Despair: Noam Chomsky On Capitalism, Empire, and Social Change (2017); Climate Crisis and the Global Green New Deal: The Political Economy of Saving the Planet (con Noam Chomsky y Robert Pollin como autores principales, 2020) y The Precipice: Neoliberalism, the Pandemic, and the Urgent Need for Radical Change (antología de entrevistas con Noam Chomsky, 2021.

Traducción: Jorge Anaya