Para rescatar el concepto de precariedad Guy Standing. Investigador inglés. Profesor en la Universidad de Londres. (EL VIEJO TOPO)

Numerosos artículos e informes, entre ellos algunos de Social Europe, se han referido al aumento del «trabajo precario». Este término confunde diversas nociones entre las que debería distinguirse.

A menos que utilicemos correctamente los términos, corremos el riesgo de terminar en el tipo de tergiversación mostrada recientemente por The Economist, cuando afirmaba, en un informe especial, que no se había producido desde 2011 un crecimiento del precariado mundial y que la mayoría de los trabajadores de los países ricos estaban «completamente satisfechos» con su empleo.

Por razones desarrolladas en The Precariat: The New Dangerous Class, [El precariado, una nueva clase social, Barcelona, Pasado y Presente, 2013], resulta importante diferenciar entre inestabilidad, inseguridad y precariedad.

«Inestabilidad» se refiere a fluctuaciones volátiles. Las personas pueden tener ingresos inestables a pesar de tener un empleo seguro. Una persona con un contrato de cero horas, por ejemplo, puede gozar de una gran seguridad en el empleo, con un contrato de larga duración o «permanente», pero sin seguridad en los ingresos. Si un estudio se centra sólo en los contratos de trabajo -un enfoque falaz adoptado por algunos distinguidos economistas-, dará la impresión de que quien se encuentre en esa situación está seguro.

De hecho, disponemos de muchos datos que demuestran que esas situaciones se han multiplicado. Por ejemplo, en el Reino Unido la Oficina de Estadística Nacional (ONS) descubrió que entre 2007 y 2020 el número de personas con contratos de cero horas se quintuplicó. Quienes disponen de contratos de «unas cuantas horas» también han aumentado.

Inseguridad de origen laboral

A diferencia de la inestabilidad, «inseguridad» se refiere a una elevada probabilidad de perder algo sin previo aviso o a un alto precio. Y la inseguridad de origen laboral tiene diversas dimensiones.

En primer lugar, hay que distinguir -lo que rara vez se hace- entre seguridad en el empleo y seguridad en el puesto de trabajo. Tal como se hace notar en El precariado, la antigua France Télécom experimentó un repentino aumento de los suicidios entre su ingente plantilla laboral, a pesar de que los empleados gozaban de una sólida seguridad en el empleo (y en los ingresos). Resultó que la alta dirección había introducido reformas que eliminaban la seguridad laboral tradicional: una política basada en mover empleados de un tipo de trabajo a otro, a intervalos irregulares y breves, provocó una inseguridad llena de tension.

Tenemos luego la seguridad en el mercado laboral. Una persona puede gozar de una sólida seguridad en el empleo, pero ser consciente de que, si pierde su puesto de trabajo, tendrá pocas probabilidades de conseguir otro o muchas de obtener solamente un empleo más inseguro y peor pagado. Tras el cierre de una gran planta siderúrgica en Inglaterra, la mayoría de los trabajadores encontró otro empleo, pero con ingresos mucho más reducidos. Desde el punto de vista psicológico, en estas circunstancias hoy tan comunes, es muy probable que se produzca una sensación de inseguridad en el mercado de trabajo.

La incapacidad de distinguir entre diversas formas de inseguridad para centrarse en una sola lleva a conclusiones simplistas, como que «la seguridad laboral se ha mantenido notablemente constante» en Alemania, el Reino Unido y Estados Unidos. Un estudio ampliamente citado que llega a esa conclusión carecía de datos sobre la seguridad en el trabajo, los tenía sólo sobre la seguridad en el empleo. Aun así, sería difícil creer que en el Reino Unido, que ha eliminado la protección del empleo a todos los que llevan empleados entre uno o dos años, no hubiera aumentado la inseguridad en el empleo.

Otra forma es la que podría denominarse inseguridad en la reproducción de habilidades. Esta surge del miedo a que las capacidades propias acaben volviéndose inútiles o a que no pueda adaptarse uno a las nuevas demandas de habilidades, para ser orillado por aquellos que sí pueden adaptarse. En un periodo de rápido cambio tecnológico, esta es sin duda una fuente importante de inseguridad. Sin embargo, no se podrá reconocer si el análisis se centra exclusivamente en la seguridad en el empleo, como ha hecho la mayoría.

Hay otra forma que podría denominarse inseguridad de representación. Si un trabajador carece de organismo o mecanismo alguno para defender sus derechos, o pierde dicho mecanismo, cualquier analista objetivo apreciará entonces que su inseguridad ha aumentado. Y el declive de la sindicalización en las últimas décadas ha conseguido eso precisamente.

Luego está la inseguridad de ingresos. Ignorarla, como hace la mayoría de los analistas (incluido The Economist), supondrá subestimar drásticamente el aumento de la inseguridad laboral. En el Reino Unido, la Resolution Foundation concluyó que en 2018 más del 80% de los mal pagados en trabajos estables tenían un salario inseguro. Y si uno sabe que, después de perder el empleo, la prestación compensatoria cae a una pequeña fracción solamente del salario medio, como ha ocurrido en varios países, la inseguridad de ingresos aumentará sin duda.

El precariado

Esto nos lleva al concepto distintivo de precariedad. La raíz etimológica latina de precariedad significa ‘conseguir mediante la oración’. Aquí reside la clave para entender el precariado. Quienes lo integran van perdiendo derechos de ciudadanía: derechos sociales, civiles, económicos, culturales y políticos. Son y se sienten suplicantes. Esta realidad está muy extendida y no constituye el mismo fenómeno que la inseguridad o la inestabilidad, aunque muchos de quienes forman parte del precariado puedan experimentar las tres cosas.

Resulta políticamente importante mantener estas distinciones. El sentimiento de suplicante se ha visto seguramente acrecentado por las «reformas» de la seguridad social en toda Europa, con su tendencia a mayores comprobaciones de los recursos económicos, una mayor condicionalidad del derecho a prestaciones y más medidas punitivas.

Quienes pertenecen al precariado saben que tendrán que complacer a los burócratas haciendo ver que se comportan de la manera exigida, y saben que en realidad esos burócratas tienen poder discrecional para otorgar o retirar prestaciones y para orientarles o no hacia las salidas de empleo. Y si no hacen caso de la burocracia estatal, o de los agentes privatizados del Estado, saben también que carecen de derechos civiles, en forma de garantías procesales y de oportunidades justas de impugnar legalmente sentencias adversas.

Esto nos lleva a una cuarta distinción que debería disuadir a los analistas, especialmente a las feministas, de utilizar el término «trabajo precario». De lo que hablan los comentaristas es del trabajo remunerado, no del trabajo. En numerosos “blogs” y artículos, hay autores que ignoran todas aquellas formas de trabajo que no son laborales, incluida la labor de ciudados no remunerada -el trabajo que más gente realiza, por encima de cualquier otro tipo-, así como el trabajo comunitario voluntario y todo el trabajo para encontrar trabajo, el trabajo para el Estado [derivado del anterior] y el trabajo para la reproducción que preocupa al precariado. Estas formas de trabajo que se pasan por alto ocupan mucho tiempo, lo que aumenta la inseguridad, ya que deben realizarse, pero no son en absoluto ni remuneradas ni reconocidas.

La ONS ha calculado que en el Reino Unido el trabajo no remunerado de cuidados se estima en 1,24 billones de libras al año -el 63% del producto interior bruto, si se contabilizara-, o sea, más que el valor de todos los empleos de la industria y los servicios no financieros juntos. ¿Y dicen los analistas que esto no es trabajo?

Hay que revisar radicalmente nuestras estadísticas sobre el «trabajo» y los conceptos en los que se basan. Las actuales estadísticas de población activa se basan en un modelo desarrollado en los años 30, concebido para economías industrializadas organizadas en torno a los «varones sustento del hogar», cuando la medición del desempleo masculino era lo que se percibía como prioridad. Para entender por qué millones de europeos se enfrentan a la inseguridad laboral, a la inestabilidad en el trabajo y a una intensa precariedad, necesitamos estadísticas que reconozcan esos fenómenos distintivos.

Las estadísticas económicas actuales son inadecuadas para su propósito. También lo son los análisis que se basan solamente en uno o dos indicadores de inseguridad.


Guy Standing. es profesor titular e investigador en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres. Uno de sus últimos libros es «La renta básica» (Pasado y Presente).
Fuente: Social Europe, 7 de septiembre de 2021 Traducción: Lucas Antón