Aquellas verdades Vladimir López Alcañiz .Doctor e investigador español en histora. Desde Barcelona.

“Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” (Pero no hay referencia a la esclavitud)

El futuro de la democracia en América está en riesgo. Al afrontarlo, compartimos el estado de ánimo que manifestó Alexis de Tocqueville: “Me siento lleno de temores y de esperanzas. Veo grandes peligros que es posible conjurar, grandes males que se pueden evitar o limitar, y me afirmo cada vez más en la creencia de que para ser honestas y prósperas, las naciones democráticas solo necesitan desearlo”.

¿Pero existe hoy ese deseo? ¿Dónde buscarlo?
En 1948, Arnold J. Toynbee sugirió que la civilización avanza cuando, en el choque entre un desafío y su respuesta, salta la chispa de la imaginación creadora: cuanto mayor es el desafío, más creativa ha de ser la respuesta. En 1984, Jeffrey M. Perl recordó que la originalidad surge de un retorno al origen: para generar oportunidades de futuro, es necesaria la energía del pasado. Con ese espíritu, el historiador Joseph J. Ellis propone en American Dialogue regresar a 1776 y retomar el diálogo interrumpido con los fundadores de Estados Unidos.
Es un gesto valiente que parte de la concepción de la historia como la conversación infinita entre nosotros y nuestros ancestros. Porque la historia no es el pasado, sino aquello que elegimos recordar para iluminar el presente. Y esa elección, como la del próximo 3 de noviembre, marcará de forma duradera el futuro. Si se imponen las tradiciones mistificadas y las noticias falsas, se habrá dado otro paso hacia una nueva edad oscura.
¿Puede todavía el legado de los fundadores ayudar a rectificar ese rumbo? Si estamos dispuestos a recibirlo, Ellis cree resueltamente que sí, pues aquella generación política demostró tener mayor talento creativo que cualquiera de las posteriores y, a pesar de sus errores, supo aprovechar las posibilidades creativas de su tiempo. Justo lo que necesitamos en el nuestro.
Thomas Jefferson suscita la cuestión racial. Recordemos la anécdota: con una pequeña ayuda de Benjamin Franklin, Jefferson redactó la fórmula consagrada en la Declaración de Independencia: “Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Al hacerlo, sin duda tenía presente la esclavitud. De hecho, en 1784 abogó por prohibirla en todos los estados que en adelante se integraran en la Unión, pero su propuesta perdió por un solo voto. Es uno de esos momentos en que la historia derrapa y se precipita hacia la tragedia.
La segregación terminó, pero permaneció el racismo, todavía presente en los guetos urbanos, la brutalidad policial y las carencias del Estado del bienestar
Conocemos lo que siguió. Hizo falta una guerra civil para abolir la esclavitud, pero tras el fracaso de la Reconstrucción se promulgaron las leyes segregacionistas. Por eso Martin Luther King tuvo que recordar el sentido de las verdades evidentes en agosto del 63. La segregación terminó, pero permaneció el racismo, todavía presente en los guetos urbanos, la brutalidad policial, la política penitenciaria, el supremacismo blanco y las carencias del Estado del bienestar (pues hay un vínculo directo entre el rechazo a las políticas sociales y el racismo).
Lo más triste de la historia de Jefferson es que, mientras su miedo al mestizaje vencía a la convicción de que “todos los hombres son creados iguales”, su residencia de Monticello se convertía en una muestra de esa sociedad multirracial que tanto temía. Esa contradicción es la del propio país. Por eso, para comprender Estados Unidos, es preciso entender a Jefferson.
Su adversario político y amigo personal, John Adams, nos acerca al problema de la igualdad. Adams es un testigo del futuro, ya que, apoyado en un sólido conocimiento de la historia, intuyó que la persecución de beneficios económicos sustituiría a “la búsqueda de la felicidad” y anticipó las desigualdades y la política plutocrática que imperarían a finales del siglo diecinueve y en nuestros días.
Su respuesta presagió algunas de las regulaciones del New Deal contra las que, en los años setenta, ciertas élites se rebelaron financiando una campaña para desprestigiar la labor del Estado en la redistribución de la riqueza. Con ese movimiento dieron la espalda al legado de los fundadores. El diálogo se detuvo y la historia de la República descarriló.
La derecha atacó la idea de la ‘Constitución viva’ pretendiendo que su interpretación no debía exceder las intenciones de sus redactores
Por eso conviene aceptar la invitación de Adams a pensar en el significado profundo de la palabra ‘república’. ¿Creemos todavía que existe un interés público, un bien común, por encima de los dictados del mercado y las mayorías políticas? ¿Nos damos cuenta de que sin solidaridad no hay libertad?
Por su parte, James Madison logró que la Constitución fuera un documento vivo: plasmó la experiencia de su tiempo en las primeras diez enmiendas y deseó que cada generación hiciera lo mismo. Además, interpretó que no existe una fuente última de la soberanía, sino varias: el gobierno, las cámaras, la judicatura y los estados. Así creó el marco para sostener indefinidamente la conversación americana.
Después de la revolución de los derechos civiles, sin embargo, la derecha atacó la idea de la “Constitución viva” pretendiendo que su interpretación no debía exceder las intenciones de sus redactores. Esa doctrina falaz se llama ‘originalismo’ y, bajo su égida, el Tribunal Supremo ha tomado tres decisiones que han roto el equilibrio de poder y abierto las puertas a la autocracia.
En 2008, revocó dos siglos de precedentes legales y consideró que la segunda enmienda avala el derecho irrestricto a portar armas; en 2010, esta vez contra un siglo de precedentes, resolvió que las donaciones ilimitadas de las empresas a las campañas electorales están amparadas por la libertad de expresión consagrada en la primera enmienda; en 2013, concluyó que ya no es necesario supervisar las leyes electorales de los estados que antaño obstaculizaron el voto a los afroamericanos. Desde entonces, veinticinco estados han vuelto a hacerlo.
Los fundadores también cometieron errores. A pesar de las observaciones de Abigail Adams, no extendieron la esfera de los derechos políticos a las mujeres. Tampoco supieron evitar la deportación de los nativos americanos ni la extensión de la esclavitud y, como consecuencia, todavía es visible la cicatriz de la herida abierta entre el Norte y el Sur. Pero, si hacemos caso a Ellis, dejaron un valioso legado: la sabiduría de que la principal respuesta a las dificultades del país es la discusión misma, la tensión creativa entre la fundación y la refundación.
Hoy ese diálogo parece fuera del alcance. Pero desde aquí podemos difundir el potencial de aquellas verdades contra las mentiras actuales y desear, llenos “de temores y de esperanzas”, que en Estados Unidos se abra pronto un futuro en el que la democracia triunfe sobre la demagogia.