Alemania en el Congo: ?un  nuevo imperialismo energético europeo? Àngel Ferrero / Jaume Portell. Periodistas españoles especialistas en Africa.

El interés de Berlín por producir hidrógeno verde en la República Democrática del Congo genera controversia. Desde el país africano se critica que el proyecto no beneficiará a la población local. Pero el diablo está, como siempre, en los detalles.

Esta historia cuenta con todos los ingredientes que hicieron famosas a las grandes novelas de Joseph Conrad. Es una historia con varias décadas ya a sus espaldas, que estos días ha vuelto a los titulares de algunos medios para, con toda seguridad, volver a desaparecer durante algún tiempo, barrida bajo la alfombra de la sobreinformación, como todas las historias que son incómodas para el suficiente número de intereses políticos y comerciales, sobre todo cuando, como es el caso, se camuflan bajo un manto de cooperación y transición energética.

Todo comienza el pasado 8 de septiembre cuando el comisionado del gobierno alemán para África, Günter Nooke, expresa en una entrevista con el Süddeustcher Zeitung el interés de su país en abastecerse de hidrógeno verde producido en África, concretamente de la planeada central hidroeléctrica Inga 3 de la República Democrática del Congo (RDC).

Según informaba la escueta nota de prensa de la agencia dts, el gobierno de Angela Merkel juzga que Alemania necesitará en el futuro importar grandes cantidades de este combustible –considerado como una fuente de energía alternativa a las fósiles, ya que se produce mediante un proceso de electrolisis–, debido a que la producción nacional y europea será a todas luces insuficiente para mantener los niveles de producción y consumo de su economía. Nooke describió este plan como una estrategia en la que todos ganan porque en ella se unen «la política contra el cambio climático, la industrialización de África y las buenas relaciones con China y EEUU», dos países que también están interesados en participar en la construcción de Inga 3.

Ya en agosto Bloomberg se hizo eco del interés en el proyecto de dos fabricantes de turbinas (la austríaca Andritz AG y la alemana Voith Hydro) así como de una empresa de gas natural alemana (VNG – Vernbudnetz Gas), cuyos representantes fueron recibidos por el presidente de la RDC, Felix Tshisekedi. Éste hizo a las veces de guía por las dos centrales hidroeléctricas ya construidas, Inga 1 (inaugurada en 1972) e Inga 2 (inaugurada en 1982). Una vez finalizada Inga 3, las presas de Inga se convertirían en la mayor central hidroeléctrica del mundo, duplicando la capacidad de la presa de las Tres Gargantas en el río Yangtsé de China.

La visita tuvo el respaldo del gobierno alemán, que se mostró «entusiasta» con el proyecto, según reveló a Bloomberg Peter Magauer, un delegado de Andritz, al agregar que en el país «existe un potencial energético que no existe en ninguna otra parte del mundo.» El proyecto alemán consistiría en construir una planta de producción de hidrógeno verde en la costa congoleña que después se enviaría por transporte marítimo a Alemania, según explico Magauer al medio.

Un proyecto cuestionado

Pero el diablo está, como siempre, en los detalles. La diputada de La Izquierda en el Bundestag Eva-Maria Schreiber ha calificado el proyecto de «catastrófico». «El ecosistema y las comunidades están amenazadas», afirmó la parlamentaria al Süddeutsche Zeitung, «y la energía producida no beneficiará al país, sino que se exportará en forma de hidrógeno a Alemania».

En efecto, los críticos del proyecto han señalado repetidamente el elevado grado de corrupción y el daño a la biodiversidad y los ecosistemas locales que supondría el hecho de anegar millares de hectáreas de bosque, y han propuesto como alternativa destinar el dinero a pequeños proyectos de producción de energía locales que se ajustarían mejor a las necesidades de la población africana.

Sin embargo, al mencionar la exportación de hidrógeno verde Schreiber añade además algo que recuerda demasiado a cuando los países europeos expoliaban el continente africano como potencias coloniales o imperialistas. Tampoco ayuda que el propio Nooke –un antiguo dirigente de la oposición a la República Democrática Alemana (RDA) más tarde fichado por la Unión Demócrata Cristiana (CDU)– hiciese en el pasado declaraciones que fueron tachadas de «neocoloniales» y «racistas» y que le valieron la condena de todo el arco parlamentario salvo de su partido. En una entrevista al Berliner Zeitung de 2018 dijo que «la guerra fría ha perjudicado más a África que el colonialismo» y vinculó la baja productividad en los países africanos a factores climáticos como las altas temperaturas y humedad.

Sin embargo, el voraz apetito energético de la economía más importante de la Unión Europea hace que quede relegada a un segundo plano cualquier otra consideración que no sea su perpetuación, más aún estando en competencia con otros gigantes industriales que, a diferencia de Alemania, tienen más facilidades para abastecerse de materias primas.

Lo que incluye mirar a otro lado cuando se trata de corrupción o derechos humanos. Durante una visita de Tshisekedi a Alemania en noviembre de 2019 Merkel valoró como «positivos» los «gestos» y «reformas» del presidente congoleño tras liberar a varios prisioneros políticos. Lo que, se apresuró a añadir, «nos permite iniciar nuevas relaciones con el país». Y sin muchos circunloquios anunció que, en el plano económico, Alemania enviaría una misión de seis meses a la capital, Kinshasha, para relanzar la cooperación entre ambos países.

Están, además de los ya mencionados, los escollos ecológicos. Alemania ve en el hidrógeno verde una alternativa a las energías fósiles, cuyo uso se ha fijado como es sabido oficialmente reducir. El hidrógeno verde se utiliza, en efecto, como combustible para algunos modelos de vehículos de gran tonelaje y otras formas de transporte (desde trenes hasta embarcaciones marítimas), además de poder inyectarse progresivamente en la red de gas natural –que importa sobre todo y no sin polémica desde Rusia– hasta sustituirlo por completo. La UE quiere destinar hasta 30.000 millones de euros en los próximos diez años a promover su uso.

Sin embargo, un reciente informe de la Agencia Internacional de Energías Renovables (IRENA) advertía que, a pesar de su enorme potencial, el hidrógeno no es ninguna panacea, ya que a los elevados costes económicos que supone su producción aún hay que sumar la factura ecológica que implica construir toda una red de distribución e incluso su propia elaboración: de acuerdo con los datos del informe de IRENA, el 99% de las 130 millones de toneladas de hidrógeno que se producen anualmente para procesos industriales se consigue utilizando procesos de gasificación de carbón, lignito o gas natural.

De resolverse estos problemas tecnológicos, como esperan muchos expertos, todavía quedaría el coste energético que supone transportar por barco el hidrógeno desde África hasta Alemania. Sin olvidar una cuestión democrática y de soberanía que en esta suerte de debates acostumbra con demasiada frecuencia a olvidarse: ¿Qué piensan los propios congoleños?

Inga: corrupción y promesas incumplidas

El Congo es el segundo río más largo de África, y el gigantesco país que lleva su nombre goza de un potencial económico que nunca ha llegado a cumplir. El papel del Congo, a lo largo de la historia contemporánea, ha sido el de abastecer con materias primas el desarrollo de la tecnología punta de la época; a cambio, los congoleños han recibido como pago la explotación y la muerte, a través de capataces locales y extranjeros. Patrice Lumumba, líder independentista de los congoleños, pasó en pocos meses de la cárcel al poder y ganó las elecciones para convertirse en el primer ministro del Congo independiente en junio de 1960.

En menos de seis meses ya le habían asesinado, en una maniobra auspiciada por el gobierno belga. Un periodista apoyado por la CIA, Mobutu Sese Seko, gobernó el país con mano de hierro entre 1965 y 1997, y en la década de los setenta recuperó un viejo proyecto colonial belga, el de construir una presa hidroeléctrica utilizando el caudal del río Congo.

El profesor Mbuyi Kabunda Badi nació en Kolwezi, una ciudad en Katanga, la región minera más rica del país, y conoce la historia de cerca: «Mobutu tenía dos objetivos: el primero era alimentar las minas del Katanga con la energía eléctrica, el segundo objetivo no declarado era tener un medio de presión para disuadir cualquier intento de secesión de Katanga.» Kabunda, que ejerce de profesor en la Universidad Complutense de Madrid, considera que Inga sirvió para enriquecer de forma ilícita a los miembros del gobierno de Mobutu.

«Los miembros del gobierno congoleño cobraron millones e Inga acabó costando el triple», señala el profesor congoleño. Mobutu acumuló una fortuna de 5000 millones de dólares durante tres décadas de dictadura, y promovió un código moral, el «debrouillez-vous», que instaba a los congoleños a espabilarse y sobrevivir a través de pequeños actos de corrupción.

En un giro irónico del destino, a mediados de los noventa, los soldados del ejército aplicaron esos principios y vendieron sus armas a sus propios enemigos antes de batirse en retirada: en pocos meses, las tropas lideradas por Laurent-Desiré Kabila, recorrieron los más de 2.000 kilómetros que separan el este del país y Kinshasa. El régimen de Mobutu cayó, y el dictador murió en Marruecos de un cáncer de próstata.

Tras el asesinato de Laurent-Desiré Kabila, su hijo Joseph se convirtió en presidente: «La UE y EE UU dieron el poder a Kabila hijo con una única condición: que no siguiera las políticas de su padre», opina Kabunda, quien recuerda que Laurent-Desiré Kabila pretendía practicar una política más independiente de las multinacionales occidentales. Joseph Kabila recuperó el proyecto de Inga en 2018, y en un principio la concesión de las obras fue para un consorcio formado por una empresa china y la constructora española ACS.

En el año 2019, la RD del Congo ocupaba el lugar 168 de 180 países en los índices de Transparencia Internacional, y el entorno familiar de Joseph Kabila apareció en los Panama Papers y en los conocidos como Lumumba papers. Jean-Jacques Lumumba –sobrino-nieto del primer ministro Lumumba– trabajaba en el banco BGFI-Banque de Kinshasa como jefe del departamento de crédito. Cuando descubrió que se desviaba dinero público hacia las cuentas de Kabila, recibió amenazas de muerte del jefe de la entidad, y más tarde se tuvo que exiliar a Bélgica, donde reside actualmente y lucha contra la corrupción en su país. A principios de 2020, ACS se retiró del proyecto.

Según explica Kabunda, la energía producida en Inga se concibió políticamente como un proyecto panafricanista: la electricidad se vendería a Egipto y a Sudáfrica, y la central beneficiaría al continente entero. «¿Por qué se quiere construir Inga 3 para vender electricidad en el exterior si solo el 20% de los congoleños tienen electricidad?», se pregunta el profesor, que lamenta que en el Congo la electricidad sirve «para alimentar las minas en lugar de satisfacer las necesidades de las personas.»

Y concluye que nunca se ha hecho un proyecto serio para satisfacer la demanda interna. A su juicio, el drama del Congo es que su economía sigue siendo rentista y colonial, basada en las materias primas; y protesta: «Ningún país se ha desarrollado nunca a partir de las materias primas». Pese a todos los contratiempos, el Congo sigue siendo un país con un potencial agrícola inmenso, que podría alimentar a todo el continente africano gracias a su agricultura. La agencia USAID, dependiente del gobierno de Estados Unidos, destaca que el país «podría satisfacer las necesidades de energía eléctrica del continente entero».

Las últimas elecciones del país estuvieron cargadas de polémica. Joseph Kabila, tras dos años de dilaciones técnicas, acabó aceptando la celebración de los comicios en 2018, donde presentó a un delfín, que compitió contra Tshisekedi y Martin Fayulu. Su delfín quedó tercero, y aunque investigaciones independientes demostraron que Fayulu había ganado las elecciones y que la victoria de Tshisekedi era un fraude, Tshisekedi fue rápidamente reconocido por las cancillerías occidentales: «Kabila quiere volver dentro de cinco años y no quería dejar el poder en manos de la oposición más radical, que querían juzgarlo por los crímenes políticos y económicos que había cometido», señala Kabunda.

El profesor zanja la cuestión diciendo que la UE y Estados Unidos preferían al sucesor de Kabila para mantener intactos sus intereses en la región. Tesla ya ha firmado contratos para asegurarse el suministro de cobalto congoleño. Volkswagen ha aterrizado en Ruanda, país que contribuye al saqueo en el Congo desde su primera incursión en 1996. De las 100.000 toneladas de cobalto que se vendieron en 2018, el 63% venían del Congo, y sin cobalto no hay coche eléctrico.

Cobalto, electricidad, coltán, hidrógeno o diamantes. Los análisis vagos hablan de maldición de los recursos, un concepto que nunca se aplicará, por ejemplo, a Noruega, los Países Bajos o EEUU. Puede que haya algo más allá. Quizá el mundo verde occidental se parece demasiado al mundo que pretende dejar atrás. Lo dijo el activista Edmund Morel, hace ya más de cien años: «No olviden que este negocio atroz, que ha existido durante años, es conocido por todos los ministerios de exteriores europeos, y que no se ha hecho nada efectivo al respecto para pararlo (…) El negocio del Congo es único en la historia del mundo. Es una gran expedición de piratas».