Coaching y las tecnologías del Yo y el control social Javier Barraycoa. Filósofo y sociólogo español (posdermia.com./Other News)

En plena eclosión del individualismo, de las aspiraciones de autorrealización, del deseo de desligarse de obligaciones externas y auto-obligaciones, parece que al hombre de hoy se le escapa la felicidad y necesita de expertos que gestionen su logro.

Desde las reflexiones de Tocqueville sobre las sociedades democráticas, empezamos a aprender que el individualismo no es una posición de fuerza de la persona contra el Estado, sino una de las condiciones para que las democracias se convirtieran en regímenes totalitarios.

Posteriormente, autores como Foucault nos ilustraron sobre el control individual (tecnologías del yo) y el colectivo (biopoder). Con el tiempo hemos comprendido que las formas de control individuales y colectivas no son dos formas paralelas y diferenciadas de poder, sino que se entrelazan en una sola estrategia. En este artículo abordaremos un aspecto del control social que puede sorprender.

Nos referimos al coaching como un método que entrelaza diversas dimensiones de la vida para regalarnos la felicidad. En estos tiempos, y tras la novela distópica de Aldous Huxley, ya no nos puede sorprender que, entre el deseo de felicidad y el control social, hay una inevitable relación.

El control de la felicidad y la felicidad como control

La felicidad se ha convertido en una ideología como en su día lo fue la “libertad” revolucionaria. La felicidad, hic et nunc, hoy es un imperativo moral y legal que los Estados modernos están obligados a proveer a sus ciudadanos. Y si el Estado no lo logra, el propio individuo tendrá que alcanzarla por su cuenta. El problema de la felicidad, no obstante, genera muchas controversias.

La primera es que nunca se podrá deslindar la cuestión de la felicidad de la del sufrimiento y la infelicidad. El Estado de Bienestar no ha logrado erradicar las llagas dolientes de la condición humana. Y como en una sociedad secularizada la comprensión del dolor es imposible, el poder debe evitar que se recurra a lo sagrado para su aceptación irremediable. De ahí que, como constata Eva Illouz, la consecución de la felicidad y la justificación del sufrimiento son instrumentos de legitimación del poder.

El ejercicio del poder ya no sólo recurre a sus tradicionales estrategias (coerción, sistema legal y policial), sino que impone los cánones de la felicidad y los medios para la evitación del sufrimiento. De paso establece quiénes son los “expertos” en manejar estos asuntos.

Illouz propone que: “en la visión del mundo terapéutica contemporánea el sufrimiento se ha convertido en un problema que debe ser manejado por expertos de la psiquis. La perturbadora pregunta en relación con la distribución del sufrimiento (¿Por qué los inocentes sufren y los malos prosperan?), que ha obsesionado a las religiones y las utopías sociales modernas, ha sido reducida a una banalidad sin precedentes por un discurso que entiende el sufrimiento como el efecto de emociones mal manejadas o de una psiquis disfuncional”[1].

Ello explicaría el éxito actual de la psicología, ya que: “La psicología clínica -continúa Illouz- es el primer sistema cultural que se deshace totalmente del problema, haciendo que la mala fortuna sea el resultado de una psiquis herida o mal manejada. Cumple así a la perfección con uno de los objetivos de la religión: explicar, racionalizar y en última instancia, siempre, justificar el sufrimiento”[2].

Felicidad-infelicidad se convierte en el binomio de un sistema de control conductual que se efectúa mediante formas relacionales que se escapan a la clásica vinculación del individuo con el Estado. Ahora el control se efectúa “horizontalmente” desde el “experto” – el terapeuta- y el “ciudadano”.

Pero esta exaltación terapéutica, complemento del egocéntrico e individualista canto a la “autoayuda”, esconde el fracaso de la modernidad. Con muchas décadas de antelación, Christopher Lasch anunciaba el fracaso del narcisismo y el desmoronamiento de las psiqués individualistas.

Así, se puede afirmar que: “La modernidad, que es la época de la constitución del sujeto, es al mismo tiempo el proceso de su destrucción, de su división, escisión. Como tesis general podríamos decir que a medida que el sujeto quiere ser fundamento del todo y al mismo tiempo fundamento de sí mismo, y por tanto fundamento único y último, se experimenta como desfondado, sin fundamento”[3].

Las “psiqués desmoronadas”, se transforman en parte de un sistema que puede ejercitar más eficazmente el control social. Helena Béjar, en un ensayo sobre la felicidad, establece la relación entre la infelicidad y el sistema democrático: “Enemigo de la felicidad es el deseo que eclosiona en la sociedad democrática […] la igualdad y la movilidad social crean nuevas obsesiones […] Es la melancolía y la debilidad lo que se percibe en la sociedad democrática. (Por ello) la autosuficiencia será un valor clave para el ideal de la felicidad privada”[4].

El éxito de ventas de los libros de autoayudaes una demostración de esta tesis y está en relación con lo que Michael Foucault denominó las “tecnologías del yo”. La autoconstrucción del hombre se realizaba desde un poder remodelador del cuerpo y del alma del sujeto. Por eso, debemos establecer la relación que hay entre democracia, control social, terapias de autoayuda y las modas del coaching.

Democracia, “tecnologías del yo” y la esclavitud terapéutica

Tocqueville señala que en las democracias -al divinizarse la “igualdad”- las más mínimas diferencias entre los individuos se vuelven insoportables. Despreciando un orden jerárquico y diferenciador, no pueden entender por qué otro puede tener un sueldo mejor o poseer una felicidad de la que otros carecen. El rechazo de las sociedades democráticas a la diferencia de estatus social, es por el terror que produce perder un estatus social como condición de un bienestar que proporciona la soñada felicidad.

Como pronostica Bauman: “La fragilidad de todos los puntos de referencia y la incertidumbre endémica acerca del futuro afectan profundamente a quienes ya han sido golpeados y todos los demás que no podemos estar seguros de que los golpes nos pasen de largo”[5].

Así aflora una de las contradicciones de nuestro sistema social. Mientras que el Estado se obstina en ser el garante del Bienestar y la seguridad, la precariedad y la incertidumbre se extienden. Pierre Bourdieu ya alertaba del sentimiento de “précarieté” que empezaba a arraigar en las sociedades democráticas. En su obra Contrafuegos, concretaba que: “Al hacer incierto todo el porvenir, la precariedad impide toda previsión racional y, en especial, ese mínimo de creencia y de esperanza en el porvenir que hay que tener para revelarse”[6].

Bauman, por su parte, aporta una interesante contradicción entre la búsqueda de la identidad y la propia precariedad: “La búsqueda la identidad divide y separa; sin embargo, la precariedad de la construcción solitaria de la identidad impulsa a los constructores a buscar perchas en las que colgar juntos los temores y ansiedades que experimentan individualmente”[7]. El hombre posmoderno tiene la necesidad de autoconstrucción de una identidad pero le invade constantemente un sentimiento de precariedad. La resolución de esta dialéctica lleva al triunfo las tecnologías del yo.

Estas, según el sentido que les da Foucault, son las técnicas que se ejercen sobre uno mismo y que permiten a los individuos efectuar un cierto número de operaciones sobre sus cuerpos, sus almas, sus pensamientos y sus pensamientos sus conductas, al dictado del poder.

Eva Illouz, asocia este concepto a procesos rutinarios y cotidianos que muchas veces elaboran las terapias psicológicas para alcanzar lo que denomina los rituales de integración del yo: “El conocimiento y los sistemas simbólicos han llegado a conformar lo que somos porque son representados dentro de las instituciones sociales que les confieren autoridad a ciertos modos de conocer y de hablar y los convierten en rutinas, de manera que puedan transformarse en los códigos semióticos invisibles que organicen la conducta ordinaria y estructuren los rituales de integración del yo”[8].

Desde finales del siglo XX, la disciplina psicológica ha sido invadida por la corriente denominada “psicología positiva” que ha desarrollado la cultura de la “autoayuda”. Podemos interpretar esta moda como un efecto secundario de “los rituales de integración del yo”.En iniciador de esta nueva religión secular es Martin Seligman que propone una metodología para conseguir la “felicidad” a través del desarrollo de las “fortalezas personales”[9].

Para él, la felicidad se alcanza combinando el éxito personal, la realización espiritual, la empatía con los demás y el sexo saludable. Algunos han presentado a Seligman como el iniciador de una “nueva era” psicológica en la que esta disciplina tendría como única misión conseguir la felicidad. Esta propuesta esconde una concepción de un hombre enfermo permanente que debe afrontar -obligatoriamente- la existencia de forma positiva[10].

El propio Seligman, ha querido definir el paradigma de la existencia como la “vida placentera”, que consistiría “en saber promover emociones positivas y que estas sean duraderas”. Ante este ideal, reaparece el enemigo del hombre: su precariedad material y psicológica.

Desde la teoría sistémica de Luhmann, la relación identidad y subjetividad, están relacionadas con el lugar que ocupamos en la estructura social y en la función que cumplimos en el sistema. Ello, en una sociedad relativamente estable no provocaría sentimientos de precariedad ni crisis de identidad. Pero el mismo Luhmann advierte que:

“En el caso de una diferenciación funcional la persona individualizada ya no puede seguir siendo radicada permanentemente en un subsistema de la sociedad, sino que tiene que ser concebida y considerada como un ser inestable socialmente”[11]. Esta situación inestable y variable en la que vivimos, es la que explicaría cómo las “tecnologías del yo” exigen de sujetos “expertos” que “curen” al sujeto debilitado. Es desde esta perspectiva desde la que queremos analizar la aparición del coaching.


NOTAS I
[1]Eva Illouz, La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, Katz, Madrid, 2010, p. 307.
[2]Ibid. p. 308. Luhmann, coincide en que las causas de la infelicidad “deben ser consideradas y tratadas como producto de la casualidad” y por lo tanto no hay cuestiones morales ni trascendentes a considerar.
[3]Gabriel Amengual, Modernidad y crisis del sujeto: hacia la construcción del sujeto solidario, Caparrós,
Madrid, 1998, p. 163.
[4]Helena Béjar, Felicidad. La salvación moderna, Tecnos, Madrid, 2018, p. 223.
[5]Zygmunt Bauman, La sociedad individualizada, Cátedra, Madrid, 2001, p. 174.
[6]Pierre Bourdieu, Contrafuegos 2, Barcelona, Anagrama, Barcelona, 1999, p. 96.
[7]Zygmunt Bauman, La sociedad individualizada, Cátedra, Madrid, 2001, p. 174.
[8]Eva Illouz, La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, Katz, Madrid, 2010, p. 19.
[9]Cf. Martin Seligman, La auténtica felicidad, Argos Vergara, Barcelona, 2003, p. 30.
[10]En ello insiste Eva Illouz: “El discurso terapéutico ofrece una matriz cultural enteramente nuevo –hecha de metáforas, oposiciones binarias, esquemas narrativos, marcos explicativos- que a lo largo del siglo XX ha moldeado cada vez más nuestra comprensión del yo y de los otros”, Eva Illouz, La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda, Katz, Buenos Aires, 2010, p. 20.
[11]Niklas Luhmann, El amor como pasión, Península, Barcelona, 2008, p. 33.

(II)
Coaching como terapia posdemocrática

Uno de los presupuestos antropológicos de la moda del coaching es que todos los seres humanos estamos enfermos por no haber alcanzado la felicidad o por no haberlo intentado. Autoridades reconocidas denuncian este presupuesto y afirman que estamos creando artificialmente trastornos. Un caso es el norteamericano Allen Frances que dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM)[12].

En una entrevista, aludía a sus colegas que habían trabajado la última versión del DSM: “habéis ampliado tanto la lista de patologías, les dije, que yo mismo me reconozco en muchos de esos trastornos. […] Hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales”[13]. Esta denuncia la expone con detalle en una obra muy crítica con el actual sistema de medicalización de la sociedad[14].

Admitida la generalización del paradigma de una sociedad estructuralmente enferma por naturaleza, podemos entender la facilidad con la que se ha extendido la práctica del coaching. Por ello Béjar, denuncia que para Seligman el estado psicológico habitual en el hombre es negativo: “Seligman da un paso más que resulta crucial: el pensamiento negativo no sólo es un síntoma de la enfermedad, la depresión, sino que es la enfermedad misma”[15].

Ello enlaza con una expresión que se ha popularizado en nuestra cultura: el “crecimiento personal”. Fue Werner Erhard, quien popularizó la idea de “crecimiento personal”, afirmando que es el coaching es lo que hace que la gente obtenga más poder, más libertad, más paz mental[16]. Por tanto el coaching es el remedio contra la negatividad innata del ser humano.

Pero hay que preguntarse qué es lo que considera la posmodernidad como “persona”. Autores como J. L. Nancy han desarrollado una filosofía del cuerpo en la cual se trastoca la interpretación de que el cuerpo es algo subordinado a una psique (por no querer decir alma).

Y afirma que “no es que tengamos un cuerpo, sino que somos un cuerpo”. De este modo, considera que con el nuevo estatuto del cuerpo, se conforman nuevas formas de subjetividad, como propone Guattari[17]. Y esta es una de las causas por las que el coaching puede ser aplicado tanto al cuerpo (deporte, por ejemplo) como a sus “subjetividades” (trabajo, sexualidad, amistades, relaciones, espiritualidad…).

El coaching encajaría con la teoría sistémica de Luhmann, ya que: “No es posible retirarse sencillamente a la propia autonomía y confiar en la capacidad de adaptación implícita en ella”[18]. Por eso, las diversas modalidades de coaching suelen establecerse mecanismos del control conductual por parte de los “expertos”: “(para ellos) La felicidad –denuncia Béjar- es resultado de un entrenamiento riguroso”[19].

De ahí que para Seligman, los “worriers” (o pesimistas) son gente poco fiable, impredecibles y resistentes al cambio. Son el detritusde la sociedad que no quiere ser feliz, se resisten a la moda de la autoayuda o al coaching. Son los que impiden que la sociedad progrese.

En este punto, surge una vinculación entre las terapias de coaching y el Estado moderno. Esta relación la detectaVanessa Pupavac en su obra Therapeutic Governance (2001) cuando sostiene que “el paradigma terapéutico se ha convertido en la forma en que las instituciones estatales se relacionan con los ciudadanos: en la vida pública se generaliza la ‘política del sentimiento’; en la educación, la autoestima desplaza a la formación intelectual; en la familia se profesionalizan las relaciones y la crianza de los hijos. Este paradigma ha redibujado la relación política entre ciudadano y Estado“.

Otros autores denuncian el coaching como una forma de control del sistema capitalista para que el trabajador se someta “feliz” a la autoexplotación. El profesor Stefano Abbate, concluye al respecto que: “Hay otro fenómeno que […] contribuye al control social mediante el trabajo. Nos referimos a la autoexplotación del trabajador en el sistema neoliberal […] La oprimente competitividad y la mejora continua del trabajador le empujan constantemente a aumentar su rendimiento para encontrar sentido a su día a día […] formación continua, liderazgo o coaching son algunas de las palabras que acompañan a este nuevo paradigma”[20].

Especialmente en el mundo laboral se ha puesto de moda el llamado “coaching coercitivo”[21], que ha sido duramente criticado por intrusismo, incluso por prácticas sectarias. A propósito, la Red Iberoamericana de Estudios de las Sectas (RIES), ha desarrollado un catálogo contra el “coaching coercitivo” advirtiendo que “Ya no se denominan “coercitivos”, sino que ahora usan eufemismos: Sanando tu vida, Coaching inside, Liderazgo transformacional, Samurai game, Ingeniería de lo imposible, etc[22].

Las estrategias del coaching coercitivo pretenden generar cambios emocionales y cognitivos de modo extremadamente veloz. Algunas de las prácticas más nocivas están relacionadas con el relativismo moral, la causalidad radical que divide a los participantes entre víctimas y responsables o el establecimiento de relaciones sexuales entre coaches y participantes.

Conclusión: qué esconde el coaching

Formalmente, el coaching proviene de Estados Unidos. Uno de sus creadores fue Timothy Gallwey. En los años 70 participó en una secta denominada Misión de la Luz Divina (secta de origen hindú) cuyo líder era Prem Rawat. Esta secta proponía “que los individuos y naciones descontentos e insatisfechos nunca pueden promover una paz duradera en el mundo”. Por tanto, su finalidad era que los miembros alcanzaran la felicidad a cualquier precio.

Timothy Gallwey, en el año 2000, publicaba El juego interior del trabajo. En 2009 aparecía otra obra más refinada: El juego interior del estrés. era un método para combatir el “diálogo interior negativo”. En este libro y otros posteriores de “expertos” en coaching se pueden extraer claves para comprender el fenómeno. La primera es la obligatoriedad de la “positividad” y el optimismo antropocéntrico.

Para ello se pueden recurrir a psudociencias como la Programación Neurolingüística (PNL), como forma de aprendizaje rápido y sencillo[23]. Otro clásico del coaching es El Secreto, de Rhonda Byrne[24]. Esta obra presupone que si “conectamos” con el universo y alcanzamos el pensamiento “positivo” atraeremos cosas buenas a nuestra vida e incluso curar enfermedades graves.

De vez en cuando salen libros como el de la periodista Barbara Ehrenreich, Sonríe o muere, que denuncian esta literatura como sectaria. En conclusión, podemos afirmar que el mundo del coaching, tiene demasiados claroscuros, que aún no han sido suficientemente investigados. El coaching, en su inmensa mayoría de modalidades corresponden a una antropología que presuponen un fracaso del humanismo y la necesidad de la reconstrucción del yo en base a métodos o tecnologías que pueden predisponer al control social político o incluso sectario.

NOTAS II
[12]El DSM se considera la “Biblia mundial de la Psicología” y actualmente se utiliza la versión quinta. El DSM es considerado el canon de las enfermedades mentales, de sus definiciones, clasificaciones y sintomatologías.
[13]Cf. El País, 28-9-2014.
[14]Cf. Allen Frances, ¿Somos todos enfermos mentales?, Ariel, Barcelona, 2014.
[15]Helena Béjar, Felicidad. La salvación moderna, Tecnos, Madrid, 2018, p. 129.
[16]Cf. Vanessa Pérez Gordillo, La dictadura del coaching. Akal, Madrid, 2019.
[17]Cf. Felix Guattari, Producción de subjetividades, Manantial, Buenos Aires, 1992.
[18]Niklas Luhmann, El amor como pasión,Península, Barcelona, 2008, p. 34.
[19]Helena Béjar, Felicidad. La salvación moderna, Tecnos, Madrid, 2018, p. 172.
[20]Stefano Abbate, “Métodos de control social en las sociedades de control”, en Jorge Martínez Lucena et al., Control social e imaginarios en las teleseries actuales, Editorial UOC, Barcelona, 2019, p. 37.
[21]Este tipo de coaching tiene como raíz una secta llamada Mind Dynamics(1962) que posteriormente pasó a denominarse Leadership Dynamics.
[22]También se ha denominado coaching ontológico, coaching vivencial o coaching de vida.
[23]Sus creadores, Richard Bandler y John Grinder afirman que existe una clara conexión entre los procesos neurológicos, el lenguaje y los patrones de comportamiento aprendidos, y que mediante sus técnicas pueden cambiarlos para lograr la felicidad.