La atracción fatal de la distopía Andy Robinson. Escritor y periodista británico (La Vanguardia-Barcelona/ TXTC)

En la película Years and years protagonizada por Ema Thompson en el papel de primera ministro se exalta el catastrofismo, o sea el mejor amigo del fascismo, una moda en la filmografía dirigida a la joven generación. En Brasil, Bolsonaro insta a una teleserie de ese carácter...

Cuantas más películas, teleseries, ‘bestseller’, documentales traten sobre un futuro apocalíptico, más lo convertiremos, inconscientemente, en un desenlace inevitable.  Estos son tiempos de distopías que enganchan como un opiáceo de Purdue Pharma Inc. o una cuenta de Facebook. La última es la nueva serie de la BBC Years and years (Años y años) de Russell T. Davies, que emite HBO en España. Es una sátira de humor negro que retrata la sociedad del año 2028 en la que todas las tendencias más preocupantes y grotescas del 2019 se han acelerado de forma vertiginosa. Hay gobiernos visceralmente antiinmigrantes en toda Europa.

La primera ministra británica –interpretada por Emma Thompson– ha creado una red de campos de concentración para los inmigrantes, conocidos como unidades Erstwhile (Otrora, en español). “Deberíamos estar orgullosos de ser el país que inventó los campos de concentración” anuncia en referencia a la supresión de la revolución de los bóer en la guerra de Suráfrica de 1899-1902. “Antes me aburría la política”, comenta uno de los protagonistas de la serie. “¡Cuánto echo de menos aquellos tiempos!”, se lamenta.

Así mismo en Londres los barrios pobres están vallados para que sus residentes no puedan salir. La tecnología de la salud ha avanzado tanto que una abuela de noventa años, que se está quedando ciega, puede recuperar la vista al 100% gracias a un milagroso tratamiento de tecnología punta. El único escollo es la lista de espera de 10 años, a no ser que puedas pagar 10.000 libras.

Al otro lado del canal de la Mancha, las cosas pintan aún peor. En Madrid se ha producido una revolución encabezada por una supuesta izquierda radical nacionalista, Nueva Esperanza, que ha decidido expulsar a todos los refugiados. “Pero la izquierda es favorable a los inmigrantes, ¿no?”, pregunta uno de los protagonistas británicos a su novio ucraniano, los dos hacinados en un apartamento en Madrid con otros 17 inmigrantes. “La derecha extrema y la izquierda extrema se juntan en el centro” , responde enigmáticamente su novio. (Habría que decir que esto es una producción distópica que bien podría ser el laboratorio de Tony Blair o Madeleine Albright en el que la amenaza del fascismo se utiliza para dar palos a la izquierda anti neoliberal).

Lo mejor de Years and Years son los telediarios que suelen empezar con el parte meteorológico convertido en noticia catastrófica. “Ya llevamos 40 días de lluvia”, se anuncia. (Muy verosímil tras seis días de llovizna sin pausa en Liverpool cuando estuve el mes pasado). “Ahora son ya 60 días de lluvia”, cuenta otro telediario mientras en los titulares de la parte inferior de la pantalla aparece la última noticia sobre España: “Catalunya declara la independencia. Estados Unidos exige a España que pida perdón. La familia real huye a Mónaco. Se reintroduce la peseta”.

¿Por qué será que disfrutamos tanto de esas visiones distópicas del futuro en estos momentos? George Orwell y Aldous Huxley se abastecían del nazismo, del fascismo, del estalinismo y del inicio del capitalismo de corporaciones todopoderosas y consumo masivo para alimentar su fecunda imaginación cuando escribieron 1984 y Un mundo feliz, las dos novelas de distopía más famosas del siglo XX. Y a principios del siglo XXI, hay material de sobra también: el colapso del consenso de la democracia liberal y el auge de la ultraderecha o al menos de políticos que juegan con la retórica ultraconservadora, cuasi fascista, como Donald Trump o Marine Le Pen.

La posverdad y las falsas noticias son transmitidas por omnipotentes redes sociales y gestionadas desde las sedes de mega corporaciones en Silicon Valley. El eslogan Comunidad, identidad y estabilidad de Un mundo feliz, como advierte el escritor británico John Lanchester aquí, recuerda bastante al de Facebook, mientras que los “two minutes of hate” (dos minutos de odio), en los que las masas de 1984 despotrican contra los enemigos de la sociedad, no pueden sino evocar los comentarios furibundos que circulan por las redes).

La vigilancia permanente, el espionaje por redes sociales y la desaparición de la esfera privada y la intimidad no resultarían inverosímiles para Huxley y Orwell. Los avances científicos de la genética –que recuerdan bastante a la eugenesia en Un mundo feliz– y la robótica que la ciencia-ficción de aquellos años solo podía intuir. Y lo más distópico de todo: el trasfondo amenazante del cambio climático. Tal vez no es de extrañar que Lanchester –al que entrevistamos en CTXT– se fijara durante un vuelo este año en que “tres diferentes pasajeros, todos de tierna edad, leían 1984 en tres idiomas diferentes. ¡No está mal para un libro que tiene 70 años!”.

Las distopías dan muchísimo de sí en el mundo del entretenimiento en estos momentos. Lo he comprobado en diversos países últimamente. Desde los absurdos documentales bolsonaristas sobre el peligro del comunismo y el “marxismo cultural” –producidos por Brasil Paralelo, un nombre que deriva de la película apocalíptica Interestelar de Christopher Nolan, admirada por los fundadores de la ultraderecha brasileña–, hasta las numerosas series distópicas de Netflix como la inquietante Black mirror, de Charlie Brooker o la adaptación a la minipantalla de The Handmaid’s tale (El cuento de la criada), de Margaret Atwood, sobre un futuro en el que una subclase de mujeres esclavas atiende a las necesidades del patriarcado. Tal es la atracción fatal de la distopía que ha logrado convertirse en un género con guías sobre las mejores películas y teleseries imprescindibles para ver los horrores que se avecinan.

El Reino Unido del brexit es el país en el que, tal vez, el presentimiento de desastre inminente está generando las mejores distopías en la cultura popular. El mismo Lanchester ha escrito una novela de humor negrísimo titulada The Wall, ambientada en un momento futurista en el que se ha construido una enorme muralla alrededor de las islas británicas. En tiempos de migración masiva y cambio climático (por supuesto los dos estrechamente relacionadas entre sí), la muralla mata dos pájaros de un tiro.

Sirve para prevenir inundaciones en tiempos de derretimiento de las capas polares y de catastróficas subidas del nivel del mar. Pero sirve también para impedir la entrada de millones de refugiados que huyen de la pobreza, la violencia y, precisamente, de las sequías, inundaciones, huracanes y otros fenómenos meteorológicos extremos relacionados con el cambio climático. “No es el futuro pero es un futuro”, dice Lanchester.

Ahora
Aunque The Wall y Years and years son muy recomendables, hay bastantes motivos para sentir inquietud ante el éxito taquillero de las distopías. Primero porque el catastrofismo es el mejor amigo del fascismo. Segundo, porque cuantas más películas, teleseries, novelas bestseller, documentales sobre el futuro apocalíptico, más vamos convirtiéndolo inconscientemente en un desenlace inevitable.

Es lo que ocurre con el brexit. Cuanto más se advierte sobre el peligro del brexit sin acuerdo, el no deal, más pierde la gente la capacidad de preocuparse. Por supuesto este peligro es mucho más grave cuando se trata de dar por hecho que el planeta está condenado a la catástrofe debido al cambio climático y a que ya es tarde para actuar.

Una cultura más sana que la nuestra estaría haciendo teleseries sobre un nuevo mundo basado en sistemas locales de producción de alimentos, energías renovables, transporte público, ciudades sostenibles, la redistribución de la renta. Intentaría convertir una utopía tan revolucionaria como News from Nowhere de William Morris o Utopía de Tomás Moro en materia de audiencia de prime time. Lo hizo muy bien Ursula Leguin en The dispossessed. Pero, en este momento de capitalismo tardío, la atracción fatal de la distopía resulta más rentable.