«Filmar la realidad puede molestar, pero nos hace crecer» declara el argelino Malek Bensmaïl Entrevista a Malek Bensmaïl realizada por Jasmina Šopova (El Correo de la Unesco)

Escena de La batalla de Argel (1966) de Gillo Pontecorvo. Desfile de las tropas coloniales francesas con su coronel-jefe al frente.

Tres años después de la independencia de Argelia, firmada en 1962 tras ocho años de guerra, el cineasta italiano Gillo Pontecorvo rueda su película La Bataille d’Alger (La Batalla de Argel), que trata de uno de los episodios más sangrientos de la guerra de Argelia. Esta guerra enfrentó en 1957 a los independentistas argelinos del Frente de Liberación Nacional (FLN) con el poder colonial francés. Durante el rodaje, el Ejército del coronel Houari Boumédiène entra en Argel, el 19 de junio de 1965. Los tanques del rodaje y los de verdad se confunden. El entorno del presidente Ahmed Ben Bella no ve la diferencia. ¡Es derrocado!

Medio siglo más tarde, Malek Bensmaïl examina en su documental La Bataille d’Alger, un film dans l’histoire (link is external) (La Batalla de Argel, una película dentro de la historia, 2017) el papel histórico que esta película desempeñó. Pero esta no es “una película sobre una película”, explica. Se trata más bien de una lectura de la historia de su país: la revolución, el golpe de Estado, los regímenes políticos, la descolonización… Desde hace casi treinta años, el director argelino crea lo que él llama la “memoria contemporánea” de su país.

El realizador argelino  Malek Bensmaïl.

¿Por qué razón ha elegido el género documental como modo de expresión?

El documental es capaz de contar los mitos nacionales mejor que la ficción. No para destruirlos, sino para darles su lugar adecuado, con el fin de que no aplasten la sociedad. Si no graba su realidad, ¿cómo haría usted para verse? ¿En qué se inspiraría? ¿De dónde vendrían sus sueños? De hecho, ‒ ¿hay que recordarlo? ‒ el cine ha nacido del documental: recordemos a los hermanos Lumière… El documental determina el imaginario colectivo. Es esta realidad la que nutre la ficción y la que entrega un verdadero espejo a la sociedad. Sé que filmar la realidad puede molestar, pero sé también que nos hace crecer.

En la década de 1990, cuando estábamos de lleno en el “decenio negro” en Argelia, me decanté por la realidad. Y he perseverado por esta vía. Mi idea es hacer todos los años, o cada dos años, una película sobre la gente, las instituciones, los temas importantes de la sociedad. Me gustaría que estas películas permitieran comprender posteriormente cómo un país se construye en el tiempo.

Mi intención es la de crear una “memoria contemporánea”, enseñando este laboratorio que es Argelia, ese país que se busca, sus avances, sus retrocesos, sus dudas… No se accede a la democracia chasqueando los dedos. ¡Ni siquiera con un fusil!

Una de las ventajas de la democracia, la libertad de prensa, es el tema de esta película, estrenada en 2015 y consagrada al periódico independiente argelino El Watan (link is external). Le puso el título de Contre-pouvoirs (link is external) (Contrapoderes). ¿Por qué?

La libertad de prensa es un derecho democrático adquirido, que numerosos periodistas pagaron con su vida durante la guerra civil en Argelia. Esta estalló en 1991 y dejó un saldo de 200.000 muertos y 100.000 desaparecidos. Casi 120 periodistas argelinos fueron asesinados por extremistas islamistas entre 1993 y 1998. Pero no por esto la prensa independiente representa hoy un verdadero contrapoder en mi país.

Para esta película, había decidido echar un vistazo “de reojo”, siguiendo un equipo de periodistas en su trabajo. En efecto, lo que me interesaba no era tanto la prensa en cuanto contrapoder, sino los contrapoderes, en plural, personificados en individuos.

En Argelia, la noción de individuo aún no ha hecho escuela. Estamos encerrados en la idea de colectividad. Tenemos una nación que defender, un país que defender, un dios al que defender, una lengua que defender… Siempre existe ese “uno”, que es omnipresente, omnipotente, que se supone que nos engloba a todos, cuando, en realidad, existen famosos, intelectuales, periodistas, jueces, estudiantes… Estos viven en un espacio multicultural y multilingüístico, piensan de manera diferente y constituyen un conjunto de pequeños contrapoderes necesarios en una democracia.

¿Para qué sirve un periódico independiente si no tiene impacto en la sociedad?

Incluso cuando no constituya un contrapoder real, la prensa independiente consigue denunciar las violencias invisibles de las que nunca se habla. Argelia pasa actualmente por un país en calma, protegido del terrorismo, pero, de hecho, no está al amparo de humillaciones y de manipulaciones.

El Watan no es el único periódico que realiza esta labor. Encontramos algunos otros, como Le Quotidien d’Oran (link is external), El Khabar (link is external), Liberté (link is external) y, en cierta medida, Le Soir d’Algérie (link is external), que están también en la resistencia y en el combate. No son periódicos de oposición. Su objetivo es dar información objetiva que provenga de fuentes equilibradas. De hecho, la mayoría de ellos tiene páginas web de acceso gratuito para todos, incluida la diáspora.

¿Qué hace El Watan para preservar su independencia? ¿Cómo asegurarse su supervivencia?

Mediante la venta del periódico —con una tirada de 140.000 ejemplares a 20 dinares la unidad (aproximadamente 20 céntimos de euro)— y por la publicidad. Privado de la publicidad estatal desde 1993, el periódico ha invertido en un departamento de publicidad y de distribución, así como que en una imprenta independiente que comparte con El Khabar. Es más, el periódico recurre a la publicidad privada, lo que le permite pagar al centenar de periodistas y corresponsales que forman parte de la redacción.

Dicho esto, el periódico ha visto interrumpida su publicación al menos en seis ocasiones y ha sido objeto de unos doscientos juicios, lo que le debilita mucho a nivel económico. Me sorprendió escuchar a Omar Belhouchet, director y fundador del periódico, decir que encontraba estos juicios muy importantes para el proceso democrático. Yo pensaba que eran experiencias duras, pero él consideraba que les permitía, no solo defender a los periodistas y caricaturistas, sino también defender la noción misma de libertad de expresión que, por cierto, está recogida en la Constitución.

Estos juicios le daban ocasión de explicar al tribunal lo que es una caricatura, lo que es el humor, lo que es una crónica, lo que es una investigación y dónde están los frenos de la sociedad. De alguna manera, Belhouchet aprovecha estos juicios para formar a los jóvenes magistrados en la libertad de prensa.
La educación está en el corazón de su documental de 2008 La Chine est encore loin (link is external) (China aún está lejos). ¿Por qué evocar China, cuando se trata de una clase en una escuela de Tiffelfel, un pequeño pueblo en el Aurés, donde comenzó la guerra de Argelia, en noviembre de 1954?

El título hace referencia a una cita del profeta Mahoma: “Buscar el conocimiento hasta en China, si hace falta”. China es, por lo tanto, una tierra simbólica, la del saber, aquella que hay que alcanzar con grandes esfuerzos. La que aún está lejos, vista desde Argelia.

Justo antes de esta película, había rodado un documental sobre la locura (Aliénations (link is external), Enajenaciones, 2004). Pasé tres meses en un hospital psiquiátrico y encontré numerosos casos de delirios político-religiosos. Me pregunté sobre el origen de tal patología. Un psiquiatra me dio la respuesta: “Es la sociedad”. Esto me animó a ir a ver cómo educábamos a la juventud, qué ideas se les transmitía en el colegio. Fui, entonces, a un colegio del pueblo en el que había empezado la guerra de Argelia.

Fue una guerra muy violenta que duró casi ocho años. Gracias a su victoria, Argelia se convirtió en un mito y los regímenes que se sucedieron trabajaron mucho para consolidarlo. No digo que no sea algo bueno forjar el sentimiento nacional en el seno de la población y valorar su heroísmo. Sin embargo, no estoy de acuerdo cuando se hace con un desfase total de la vida local y cotidiana. He querido grabar una Argelia que trabaja todos los días, que lucha todos los días, por debajo de ese mito.

Y la película muestra la brecha que separa el mito de la realidad social. A fin de cuentas, percibimos que lo que inculcamos a los niños es el odio al otro. La película muestra igualmente que la educación del Corán está hoy lejos de las palabras del profeta. El islamismo político ha hecho muchos estragos que aún se sienten en la actualidad, en particular en las zonas rurales.

¿Es también la razón por la que una sola mujer, Rachida, la señora de la limpieza del colegio, da testimonio en la película?

Rachida es impresionante. ¡Me dio una lección de libertad extraordinaria! Viene de otro pueblo del sur de Argelia, de donde tuvo que escapar porque era divorciada y, en consecuencia, considerada como una prostituta.

Era imposible entrevistar a otras mujeres, aunque en esta región fuesen conocidas, en otros tiempos, por su gestión económica: la fabricación de alfombras y la agricultura estaba en sus manos. En la actualidad, están ocultas tras las paredes de sus casas. En el campo, apenas salen de sus domicilios, aunque sea con velo. Son los hombres quienes van al mercado. ¡Lo nunca visto! Los años de islamismo y de conservadurismo han reducido a la nada el papel social tradicional de la mujer, así como los derechos adquiridos vinculados a su emancipación. Durante el rodaje, nos enviaban por medio de los niños, platos de comida, galletas y café, pero no hemos visto a ninguna.