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José Eduardo Wilde, médicina, política y literatura

Quizá sin pretenderlo, Eduardo Wilde, fue una de las figuras literarias argentinas más vigorosas de su época. Escritor destacado de la coalición liberal de su tiempo, fue médico higienista y ministro de Roca y Juárez Celman. Siguió el itinerario casi paradigmático de la generación que protagonizó la llamada “belle époque” argentina.

 

 

Río Cuarto, etcétera, etcétera

Mí querido amigo:
Por fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos.
Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. He traído libros y paso y mi vida leyendo, paseando, comiendo y durmiendo. Esto por sí solo constituye una buena parte de la felicidad; el complemento y ¡quien lo creyera! se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta casa medio arruinada y desierta.

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¡Soy completamente feliz! Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay banquetes, ni óperas, ni bailes y lo que parece mitológico en materia de suerte, no tengo ni un bronce, ni un mármol, ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras, para ensalada y para postre; ni centros de mesa que me impidan ver a los de enfrente; ni vasos de diferentes colores; ni sala, ni antesala, ni escritorio, ni alcoba, ni cuarto de espera; todo es todo; duermo y como en cualquier parte; el caballo de montar entra a saciar su sed al cuarto de baño, en la tina, antes que yo me bañe, con recomendación especial de no beber de a poquitos, ni dejar gotear en la bañadera el sobrante de agua que le queda en el hocico.

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Recuerdo que cuando era niño conocí un señor viejo, hombre importante, acomodado, instruido y muy culto. Pues el viejo no tenía en su cuarto de recibo sino seis sillas, una mesa grande con pies torneados, gruesos y groseros, cubierta con una colcha usada, sobre la que estaba el tintero de plomo con tres agujeros en que permanecían a pique tres plumas de pato o ganso. Había además papeles, libros, tabaqueras, anteojos y naipes. De noche se reunían allí los hombres más notables del pueblo: el cura, el corregidor, el juez de letras, el tendero y otros ilustres habitantes. Allí se hablaba de la política, de la patria, de la moral y de filosofía, tópicos que ya no se usa. Concluida la tertulia el viejo se retiraba a su dormitorio en el que no había sino una cama pobre, una mesita ética, una silla de baqueta, un candelero de bronce con vela de sebo, una percha inclinada como la torre de Pisa, que se ladeaba más cuando colgaba en ella la capa de su dueño y por todo adorno en las paredes, una imagen de san Roque abogado de los perros. A pesar de esta ausencia de mobiliario que escandalizaría hoy al más pobre estudiante, el viejo era muy considerado, muy respetado y vivía muy feliz; nada le faltaba.
¡Dime ahora lo que sería de cualquiera de nuestros contemporáneos en tal desnudez! Cuando me doy cuenta de lo estúpidos que somos, me da gana de matarme.
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Por eso me gusta el poeta Guido Spano.
La semana pasada lo encuentro en la calle y le digo:
—¿Cómo le va?, ¡tanto tiempo que no lo veo!, usted habrá hecho también negocios. –No, me contestó, soy el hombre más feliz de la tierra; me sobra casa, me sobra cama, me sobra ropa, me sobra comida y me sobra tiempo; no tengo reloj ¡y no se me importa un comino de las horas!
Con tamaña filosofía, ¡cómo no había de estar ese hombre contento!
En una ocasión me acuerdo haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la flauta con un pequeño atril y un papel de música por delante. Nunca he sentido mayor envidia por el carácter de hombre alguno.

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A mí también aquí en Río Cuarto me sobra todo, pero no tengo flauta, ni atril, ni sé música.
¿Sabes por qué me he venido? Por huir de mi casa donde no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem, el escritorio ¡no se diga!, el dormitorio o los veinte dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de cuanto Dios crió.
No había número de sirvientes que diera abasto; la luz no entraba por causa de las cortinas; yo no podía sentarme en un sillón sin hundirme hasta el pescuezo en los elásticos; el aire no circulaba por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima madre que los dio a luz. No podía comer; la comida duraba dos horas porque el sirviente no me dejaba usar los cubiertos que tenía a la mano sino los especiales para cada plato. Aquí como aceitunas con cuchara, porque me da la gana y nadie me dice nada ni me creo deshonrado.

*

Mira, ¡no sabes la delicia que es vivir sin bronces! No te puedes imaginar cómo los aborrezco. Me han amargado la vida y me han hecho tomarle odio. Cuando era pobre, admiraba a Gladstone; me extasiaba ante la Venus de Milo; me entusiasmaba contemplando las nueve Musas; tenía adoración por Apolo y me pasaba las horas mirando el cuadro de la Virgen de la silla.
Ahora no puedo pensar en tales personajes sin encolerizarme. ¡Cómo no! Casi me saqué un ojo una noche que entré a oscuras a mi escritorio contra el busto de Gladstone; otro día la Venus de Milo me hizo un moretón que todavía me duele; me alegré de que tuviera el brazo roto. Después, por impedir que se cayera la Mascota, me disloqué un dedo en la silla de Napoleón en Santa Elena, un bronce pesadísimo, y casi me caí enredado en un tapiz del Japón.
Luego, todos los días tenía disgustos con los sirvientes.
Cada día había alguna escena entre ellos y los adornos de la casa.
—Señora —decía la mucama—, Francisco le ha roto un dedo a Fidias.
—¿Cómo ha hecho usted eso Francisco?
—Señora, si ese Fidias es muy malo de sacudir.
Otra vez dejaba Fidias de ser maltratado y aparecía el busto de Praxíteles sin nariz. Francisco se la había echado abajo de un plumerazo; o bien le tocaba el turno a Mercurio que se quedaba cojo de algún porrazo; ya sabes que Mercurio tiene un pie en el aire.
Bismarck, el rey Guillermo y Moltke en barro pintado, se han escapado hasta ahora casi ilesos, gracias a que su pequeña estatura les permite esconderse tras del reloj de la sala. Pero un gran elefante de porcelana cargado de una torre, pierde cada ocho días la trompa que le vuelven a pegar con goma.
Otro día, se le ocurre al mismo Francisco, limpiar con kerosene el cuadro del Descendimiento.
En fin, he pasado estos últimos años en cuidar jarrones, cortinas, cuadros, relojes, candelabros, arañas, bronces y mármoles y en echar gallegos a la calle con plumero y todo para que vayan a romperle las narices a su abuela.

*

No te puedes imaginar los tormentos que he sufrido con mis objetos de arte; básteme decirte que muchas veces al volver a mi casa he deseado en el fondo de mi alma, encontrarla quemada y hallar fundidos en un solo lingote a Cavour, a la casta Susana, al Papa Pío nono, a madama Recamier y otros bronces notables de mi terrible colección.
¿Y las flores, las macetas, los ramos, los árboles enteros que mandan a casa y que la señora coloca en mi estudio como si tal cosa? El patio es un bosque; creo que hay en él toda la flora y fauna argentina: leones, tigres y millones de sabandijas. Los cactus no me dejan ir a mi cuarto, me enredo en los helechos y unos malditos arbustos que hay con puntas y que están ahora de moda, tienen obstruida la puerta del comedor al cual no se entrar sin careta, a menos de exponerse a perder un ojo. Ya estuve a punto de quedarme tuerto, a causa de un alisum espinosum.
_Mire, Juan –le dije un día al portero –: al primero que venga aquí con árboles, con bronces o con vasijas de loza, péguele un balazo. Ya no hay donde poner nada, para pasar de una pieza a la otra es necesario volar. Uno de mis amigos muy aficionado a los adornos, ha tenido que alquilar una barraca para depositar sus estatuas y sus cuadros. Yo tengo una estatua de la caridad que es el terror de cuantos me visitan; no sé qué arte tiene para hacer que tropiecen con ella. En casa de otro amigo se perdió hace poco una criatura que había ido con su mamá. Cuando esta quiso retirarse se buscó al niño en todas partes sin hallarlo; al fin se oyó un llanto lastimero que parecía venir del techo y voces que decían ¡aquí estoy, aquí estoy! El pobre niño se había metido en un rincón del que no podía salir porque le cerraban el paso un chifonier, dos biombos, una ánfora de no sé donde, los doce Pares de Francia, ocho caballeros cruzados, un camello y Demóstenes de tamaño natural en zinc bronceado.
¡Vaya usted a limpiar una casa así! Lo primero que se me ocurre al entrar a un salón moderno es pensar en un buen remate o en un terremoto que simplifique la vida.

*

Tengo intención de pasar aquí una temporada, y estaría del todo contento si no fuera la espantosa expectativa de volver a mi bazar. Algunas noches sueño con mis estatuas y creo que sabiendo ellas el odio que les tengo, me pagan con la misma moneda y me ata¬can en mi cama. Hasta he pensado alguna vez en fingirme loco y arrojar a la calle por la ventana los bustos de los hombres más célebres, los cuadros, las macetas, las arañas y los espejos. En fin, tengo un consuelo: no ocurre casamiento, cumpleaños o bautismo en casa de amigos, que no me proporcione el placer de soltar¬le al beneficiado algún león de alabastro, un oso de bronce o los gladiadores de hierro antiguo. ¡A incomodar a otra parte y allá se las avenga el novio, el bautizado o el que festeja un aniversario!
Excuso decirte que cuando un sirviente torpe echa abajo un armario lleno de loza y cristales, no quepo en mí de contento.
Escríbeme pronto y no te olvides de comunicarme en el acto, si por acaso quiebra la casa de Lacoste o la de algún otro bandolero de su estirpe.
Te recomiendo, además, que si puedes hacerme robar durante mi ausencia algunos pedestales con sus correspondientes bustos, varios cuadros y todos los muebles de mi escritorio, no dejes de hacerlo.
Sobre todo, por favor, hazme sustraer las palmeras que obstruyen los pasadizos y el alisum espinosum que está en la puerta del comedor y al cual profeso la más corrosiva ojeriza.
En el último caso puedes recurrir al incendio; ¡te autorizo!
Tu amigo,

*
P.D.: Si el día 1° de año me mandan tarjetas de felicitación, cartas o telegramas, toma todo ello del escritorio, haz un paquete y mándalo a Francia, dirigido al presidente Carnot, con una carta insultante, diciéndole que su nación tiene la culpa de que, a más de todas las mortificaciones criollas que soportamos, tengamos todavía que aguantar la moda francesa de las felicitaciones de año nuevo.

*Antología de cuento argentino. Compiladora Josefina Delgado. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2016. pág.41/46.
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Sobre el autor y su obra

 

Edith Olga Aman, editora

de Vocales y Consonantes.

José Eduardo Wilde nació 1844 en Tupiza, actualmente Bolivia y murió en 1913, en Bruselas, Bélgica. Fue un médico, periodista, político, diplomático y escritor argentino, uno de los exponentes de la llamada Generación del 80.
Su abuelo, Santiago Spencer Wilde, fue un inmigrante inglés y su padre Diego William Wilde, un médico y militar argentino. Su tío, José Antonio Wilde también fue médico y escritor y su madre una criolla de la provincia de Tucumán. Realizó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, fundado por Urquiza, donde conoció y se hizo amigo de Julio A. Roca, Olegario Andrade, Victorino de la Plaza y otros; este grupo conformó más tarde una parte esencial de la generación intelectual y literaria de 1880 y de la generación que dirigió la vida política y cultural de la Argentina hasta fin del siglo. Se casó con Guillermina Oliveira Cézar, cuando ella tenía 15 años y él 40. Ella era la hermana de Ángela Oliveira Cézar, mujer única en su época por lograr emplazar el Cristo Redentor en medio de los Andes y del escritor y político Filiberto de Oliveira Cézar.
Los estudios universitarios, desde 1864, los cursó en la Universidad de Buenos Aires donde se recibió de médico en 1870, con una tesis premiada sobre El Hipo. Sin embargo, antes de recibirse interrumpió sus estudios para ayudar en la epidemia de cólera de 1867-1868 y para desempeñarse como cirujano del ejército en la Guerra del Paraguay.
En 1871 se destacó en la lucha contra la gran epidemia de fiebre amarilla declarada en Buenos Aires. Fue designado profesor en la UBA y Director del Departamento de Higiene y Obras de Salubridad de la Nación. Por esos años, publicó Lecciones de higiene y Lecciones de medicina legal y toxicología.
Afiliado al Partido Autonomista Nacional, fue elegido dos veces diputado provincial y otras dos diputado nacional. En 1882 el presidente Julio Argentino Roca lo designó Ministro de Justicia, Culto e Instrucción, y bajo su dirección se dictaron dos leyes decisivas de la organización institucional laica del país: ley de educación laica (inspirada en las recomendaciones de Domingo F. Sarmiento), y ley de matrimonio civil. Durante la presidencia de Miguel Juárez Celman, se desempeñó como Ministro del Interior, debiendo renunciar junto al presidente, por motivo de la Revolución del Parque en 1890.
Luego de la caída del gobierno de Juárez Celman, el Dr. Wilde fue al exterior y pasó un tiempo viajando por Europa; publicó sus impresiones en Viajes y observaciones; fue presidente del Departamento Nacional de Higiene durante la segunda presidencia de Roca y, entre otras cosas, organizó una expedición médica dirigida por el Dr. Carlos Malbrán al Paraguay para ayudar a combatir la peste bubónica en Asunción.
Fue nombrado ministro plenipotenciario ante los Estados Unidos y al año siguiente fue enviado a España y luego a Bélgica; murió cuando ocupaba este último puesto en Bruselas. Sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta.

Obras
El Hipo; Prometeo & Cía.; Aguas Abajo; La Lluvia; Viajes y Observaciones, por Mares y por Tierras; La primera noche de cementerio; Los Descamisados; La Nación y su Partido.

*Biografía extractada de Wikipedia.