vocales

Vera Giaconi. Cuentista de la nueva ola narrativa

En la actualidad se dice que el cuento es el género por excelencia de la experimentación, sobre todo en América latina. Además, las voces femeninas llevan ventaja. Por ambos motivos la narrativa de Vera Giaconi tiene su reconocimiento por parte de lectores y críticos. En el cuento  Aparecida,  con  escenario en una clínica, el relato cobra una intensa zozobra hasta su  escena final.

Le hicieron uno de esos test imposibles, de esos en los que no se puede adivinar la relación entre lo que están preguntando y lo que intentan saber. Ana respondió, una nena con una pulsera de plástico robada, a mi madre, nafta, un bosque visto desde abajo, todos los días, tres veces al día, palomas, la mayor, padre y un hermano, jazmines, como una esponja, coágulos, trece veces siete, perlas, amarillo, dolor, ninguna, perros blancos, el estómago, a los treinta, mis orejas, los hombres lampiños, el papel celofán, verano. Y así dos horas. No recordaba cada una de las preguntas, pero sí todas sus respuestas.
Una semana antes ya había elegido la ropa que iba a usar para la consulta. Nada era nuevo, pero todo estaba recién lavado y planchado. La remera violeta con vivos verdes, la pollera blanca de lino, las sandalias de cuero crudo, el pañuelo verde. Había pensado usar el collar de cuentas de vidrio, pero a último momento eligió el de perlas blancas. A veces pensaba que ese collar le traía suerte, aunque no insistía mucho con esta idea para no echarla a perder o para no desengañarse. Cuando repartieron las cosas de su madre fue lo único que agarró sin pedir permiso, y sin culpa, como si estuviera recuperando algo que siempre había sido suyo.
Salió de la casa un par de horas más temprano. Había decidido desayunar afuera, en algún café cerca de la clínica. Pasaba tanto tiempo encerrada que al salir se convertía en esponja y lo que absorbía le resultaba imposible de clasificar, como si todo fuera nuevo y demasiado intenso. Le llevaba un buen rato aclimatarse y regular el pulso y la respiración como le habían enseñado. Esa mañana tenía que entrar a la clínica sintiéndose tranquila y confiada. Esa mañana en especial tenía que controlarse.
Hacía mucho calor y el cielo parecía una gran sábana limpia extendida sobre la ciudad. Ana eligió un café enfrente de la plaza, una mesa en la vereda, a pleno sol, y un jugo de naranjas.
Apoyó la cartera en su falda, se ató el pelo castaño en un rodete que incluso recién hecho parecía a punto de desmoronarse y alzó la cabeza para mirar al mozo a los ojos mientras le servía el pedido.
– ¿No quiere una mesa a la sombra? –preguntó él.
–Ana.
– ¿Perdón?
–Mi nombre: Ana.
El hombre sonrió y bajó la vista.
– ¿No prefiere esa mesa, Ana?
– ¿Cuál?
El mozo señalaba una mesa apartada, protegida del sol por una gran sombrilla de madera y lona blanca.
–Es una linda mesa, pero acá estoy bien. Gracias.
El hombre se retiró con una media reverencia y Ana se felicitó. Había conversado con un extraño, había estado atenta y educada, y no tenía ganas de llorar. Era un buen comienzo. Se llevó una mano al collar de perlas y deslizó la mirada por las otras mesas.
Había una pareja, un hombre y una mujer más o menos de su edad. Ella hablaba sin hacer una pausa. Transpiraba mucho. Tenía un vestido azul de mangas cortas y cuando se inclinaba hacia adelante se le veía una mancha de sudor en la espalda. Él permanecía en silencio y sin mirarla, se rascaba una oreja de forma compulsiva, como si fuera un tic nervioso. Ana no alcanzaba a oír pero hubiera podido apostar que no estaban discutiendo, sino hablando de algo que los ponía muy incómodos. Tenían que tomar una decisión o acababan de enterarse de algo y estaban tratando de asimilarlo. Cada uno a su manera. Ana pensó que la estrategia de él era la mejor: silencio y reflexión. Ella, en cambio, cuando terminara de hablar iba a seguir igual de confundida.
Sentada frente a ella había una mujer de unos setenta años que ocupaba con dignidad el pequeño círculo de sombra bajo la sombrilla. El pelo blanco iluminaba un rostro de facciones dulces: la nariz pequeña, los ojos sin maquillar y de largas pestañas, los pómulos firmes a pesar de la edad. Parecía acostumbrada a estar sola. Era una mujer elegante. Ana admiraba la elegancia porque la consideraba un don, una forma visible de la sabiduría.
Un caniche blanco dormía bajo la silla de la mujer, que tomaba el té de a pequeños sorbos y no levantaba la vista de un libro de tapas azules que sostenía a cierta distancia. No pudo ver qué leía, pero le hubiera gustado que fuera una novela romántica, de esas que tienen largas escenas eróticas en las que nunca se mencionan más que cuellos, muslos y labios palpitantes. El sexo húmedo de una mujer de setenta años, en eso estaba pensando Ana al verla. La mujer tenía una blusa de seda blanca y una pollera larga también blanca estampada con florones púrpuras. El ruedo se agitaba por la brisa, rozando la cabeza del caniche, pero nunca tocaba el piso. Era como si los dos flotaran.
Por un momento se imaginó que ella era la mujer, que se excitaba en público leyendo ese libro de tapas azules y que en algún momento se pondría de pie, indiferente a todos, para volver a su coqueto departamento de cuatro ambientes, plagado de libros y plantas y vajilla importada y muebles de estilo, seguida por el caniche. Imaginó que tocaba bien el piano, y que tenía el hábito de escribir cartas a los diarios, y que los fines de semana paseaba con sus amigas, y que una empleada tan fiel como el caniche la mantenía a salvo de preocupaciones menores como el polvo, la comida o el teléfono.
Le hubiera gustado que fuera una vieja tía de la familia, alguien a quien visitar y de quien recibir consejos. Con verla, podía estar segura de que era la clase de persona que considera que todos se hacen demasiado problema por nada. Que se reiría de sus miedos pero sin humillarla, sino ayudándola a ponerlos en perspectiva, que era lo que se suponía que debía aprender a hacer sola. Que sería alguien con quien podría hablar de su madre y recordar los momentos buenos, porque una mujer así no querría saber nada del accidente, no mostraría ningún interés por las armas y no le dejaría ni un resquicio para pensar en la culpa. Sintió el impulso de conversar con ella. Lo pensó bien, y estuvo casi segura de que esa no era la clase de impulso que le aconsejaban evitar. Ana levantó una mano. Esperaba llamar la atención de la mujer y, si tenía suerte, invitarla a compartir su mesa.
– ¿La cuenta? –preguntó el mozo, que se había quedado cerca sin que ella lo advirtiera.
Ana miró la hora y aceptó la sugerencia.
Hasta entonces no había sentido el calor, pero el camino hasta la clínica se le hizo largo y agobiante. Con cada paso que la alejaba de la mujer del caniche perdía un poco de la serenidad que había conquistado. Sin embargo, justo antes de entregarse a la puerta giratoria de la clínica respiró hondo y pudo sentir algo de confianza y cierto sentido del autocontrol.
En la recepción, como siempre, anotaron sus datos en una planilla que tuvo que firmar y le pidieron que tomara asiento unos minutos, que enseguida alguien la iba a acompañar hasta el salón de la entrevista. Hacía tres años que había empezado todo, y desde hacía tres años
Ana había pasado por diferentes salas y consultorios donde le habían hecho tantos estudios como interrogatorios, consultas, pruebas, sesiones, tests, cuestionarios, exámenes, análisis. Ana tenía un nombre para cada una de esas visitas, pero los de la clínica les decían a todas de la misma forma: entrevista.
Unos minutos después, un hombre mayor al que alguna vez había visto acomodando sillas en alguna sala de terapia grupal o cerrando las cortinas de un cuarto vacío, la condujo en silencio hasta la puerta de un salón. El lugar era amplio y luminoso, en el centro había una mesa larga y tres sillas. Una silla era para ella, la otra para quien la entrevistara. Se preguntó quién ocuparía la tercera.
–Enseguida la atienden –dijo el hombre, que dio media vuelta y cerró la puerta con un golpe seco.
Nunca había estado en ese salón de la clínica, ni siquiera sabía que tenían salas tan grandes, y era la primera vez que había más de dos sillas. En la mesa vio las carpetas rotuladas con su nombre y apellido y el número de su historial: Ana Suárez, 2787. Escrito así, con esa letra brusca y cuadrada, en marcador negro indeleble, su nombre, que siempre le había resultado soso, le pareció menos un nombre que una clasificación tan impersonal como un diagnóstico. De los números nunca había pensado nada hasta que su hermano, que durante el primer año la acompañaba a todas las entrevistas, le había dicho que en la lotería y los sueños el 27 era el peine y el 87 los piojos. Dijo: “¿Ves? Uno saca al otro, se complementan y se anulan. Números interesantes”. También le dijo que tenía que agradecer que hubiera tantos sietes, porque el siete era un buen número. Ana comentó esto al pasar durante alguna entrevista, ya no recordaba cuándo ni cómo era la persona que la estaba interrogando, pero esa persona, casi estaba segura de que era un hombre, le había preguntado si ella sabía el significado del siete. Por supuesto que Ana sabía que el siete era el revólver y sabía también que era un número mágico con demasiados significados como para responder a esa pregunta sin equivocarse. Por eso solo dijo “no, no sé”, y el hombre le preguntó si creía que el siete era un buen número. Ella solo podía pensar en el revólver. Una tía de Ana había perdido una pierna cuando se le disparó el arma que estaba limpiando. A un viejo primo de su padre le habían cobrado una deuda de juego con dos tiros, uno en cada mano. Su mejor amiga de la infancia murió por una bala perdida durante una fiesta de fin de año en el campo de sus abuelos. Además estaba su madre. Adentro de esa clínica, Ana nunca volvió a decir nada para cubrir algún bache en la conversación o para parecer agradable.
La puerta se abrió de un golpe y entró una mujer gruesa, cargada con más carpetas, una botella de agua mineral y un gran portafolio negro. El pelo teñido de rojo intenso le daba aspecto de muñeca vieja. Rengueaba. Ana se preguntó si caminaba así por algún defecto de nacimiento, porque se había lastimado o por las sandalias, que le quedaban demasiado justas. Tenía los pies hinchados y bajo las tiras de cuero la carne estaba poniéndose morada.
– ¿Estás cómoda? –preguntó la mujer mientras se sentaba. Tenía una voz como ronroneo de gato y los dientes amarillos.
–Estoy bien, sí, gracias.
La mujer dejó sobre la mesa la botella de agua, dos vasitos de plástico, las carpetas, un abanico, una lapicera, una hebilla para el pelo, los anteojos de sol y el portafolio. Dos veces había tenido el impulso de apoyar en la tercera silla el portafolio y dos veces había reprimido ese reflejo. Incluso antes de sentarse había acercado la tercera silla unos pocos centímetros. Aunque Ana estuvo tentada de preguntar si esperaban a alguien más, se esforzó no solo por no hacer la pregunta sino por actuar con indiferencia. No estaba dispuesta a caer en la trampa de la tercera silla. No, la silla no era su problema, es más, si se sumaba alguien a la entrevista, bienvenido, así Ana tendría dos rostros y unas cuantas expresiones más para interrogar cada vez que diera una respuesta o cuando se quedara pensando.
La mujer sirvió agua en los vasitos y le acercó uno.
–Hace calor, ¿no?
¿Habían empezado? ¿Esa pregunta era parte del test?
–Hace, sí. Pero estoy bien.
–Odio esta ciudad en enero. No hay dónde meterse. ¿Viste que el calor es como pegajoso acá? Un asco.
–Sí, el calor es bravo –dijo Ana, sin demasiada convicción.
La mujer abrió el abanico. El aire revolvió el pelo rojo que le enmarcó la cara como un aura de luz. Miró un instante por encima de los hombros de Ana, que le daba la espalda a la puerta, y abrió la primera de las carpetas, la rosada, mientras balbuceaba el nombre de la paciente y el número de historial.
– ¿Con la medicación vas bien?
No sabía que hablarían de eso. No había traído las fichas, ni su agenda, ni siquiera tenía el blister. Justo antes de salir había sacado el blister de pastillas de su bolso y lo había dejado sobre la mesada del baño. Le había parecido un mal augurio ir a la entrevista con las pildoritas rojas encima. La mujer esperaba una respuesta mirándola fijamente. ¿Tenía los ojos verdes, grises?
–La medicación bien, sí.
–Acá dice que fuiste al control hace dos semanas.
Ana asintió.
–Te cambiaron la dosis.
–Sí.
–La subieron.
–Ajá.
– ¿Y todo bien?
–Bien, sí.
– ¿Y las salidas?
–Tranquila.
– ¿Dormís bien?
–Sí, muy bien, gracias.
–No hay que ajustar nada, entonces.
–No.
La mujer extendió un brazo para apoyarlo sobre el respaldo de la silla vacía y quedó a la vista un lamparón de sudor en su blusa azul.
–Es de locos el calor acá adentro. Voy a ver si nos consiguen un ventilador, algo.
La mujer salió del salón en tres zancadas. Era robusta; alta y fuerte. Fuerte como una burra, pensó Ana y no se rió por miedo a las cámaras. Estaba convencida de que en un lugar así tendrían cámaras de vigilancia por todas partes, aunque nunca había podido descubrirlas, por eso reprimió el impulso de girar la carpeta rosada y leer algo de todo lo que habían escrito sobre ella tantos médicos distintos, todos tan distintos entre sí. En cambio, se detuvo en el portafolio de la mujer, que había quedado abierto, tumbado sobre la mesa, y vio un atado de cigarrillos, cinco o seis cajas de remedios (uno era el que ella tomaba a la mañana), un cuaderno de tapa azul con lunares blancos, un llavero en forma de corazón que decía Jorge en letras doradas (¿un hijo, el marido?). También vio un paquete de pañuelos descartadles y un estuchecito de esos en los que se guarda el maquillaje.
–Acá si no lo hace uno, no lo hace nadie –dijo la mujer al regresar, mientras arrastraba un gran ventilador amarillo hasta el centro del salón para enchufarlo usando un alargue que traía enroscado en el brazo derecho.
El ventilador hacía un ruido imposible. Ana sintió que las aspas se saldrían de la carcasa y se convertirían en manos de uñas afiladas que agarrarían el pelo rojo de la mujer y lo extenderían como si fuera una larga, larguísima alfombra sobre la que tendría que caminar quien llegara a ocupar la tercera silla.
La mujer entrecerró los ojos.
–Ahora está mejor –dijo–. ¿No te parece?
Ana respiró hondo, como practicaba cada mañana, y trató de reemplazar en su cabeza el ruido del turbo por la imagen de la anciana del caniche. La imaginó sentada en el balcón de su departamento, con un espejito de mano y una pinza, depilándose las cejas bajo la luz del mediodía. Con gusto la habría ayudado, habría hecho eso y después le habría peinado el pelo blanco con un cepillo de cerdas blandas, y le habría preparado algo liviano para almorzar y después, a la hora de la siesta, se habría ocupado de atender los llamados y anotar todos los mensajes con su letra pulcra y pareja, una letra que habría aprendido a hacer imitando la de la mujer, como alguna vez había aprendido a imitar la firma de su madre. Ana era buena para esas cosas.
– ¿Más agua? –Con la botella medio inclinada sobre el vaso de Ana, la mujer la miraba como si necesitara verla más de una vez para realmente dar con su cara, con su verdadera cara.
–No, gracias.
La mujer llenó su vaso y lo vació de un solo trago mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelito descartable.
Ana escuchó el ruido de la puerta al abrirse y buscó la reacción de la mujer, pero actuaba como si la estuvieran manejando con algún comando a distancia y acatara solo una orden a la vez. Primero había sido combatir el calor. Al parecer, su única preocupación ahora era el agua. Podía llegar la tercera persona, ocupar la tercera silla y la mujer quizá ni siquiera giraría para verla. Ana le sostuvo la mirada y sonrió como se le sonríe a una cuna vacía.
– ¿Su nombre? –preguntó Ana.
En ese momento Ana tenía dos objetivos: el primero era tomar desprevenida a la mujer para ver si a pesar del comando aún era capaz de responder a estímulos normales y el segundo era advertir al que acababa de llegar que tendría que presentarse.
La mujer hojeó la carpeta rosada antes de responder:
–Lucía Carrasco.
– ¿Doctora Lucía Carrasco?
–Licenciada.
–Licenciada Carrasco –repitió Ana, paladeando ese nombre que no tenía gusto a nada.
La mujer responde bien, pensó Ana, no va a ser muy difícil. Entonces escuchó pasos. Parecían la clase de sonido que siempre le decían que debía ignorar: un eco tenue les daba más cuerpo que a los demás sonidos y los colocaba en primer plano. Pero mientras la mujer escribía algo en la última hoja de la carpeta, una hoja hasta ese momento en blanco, Ana se dio vuelta para mirar hacia la puerta, que descubrió entreabierta. La mujer no lo había notado, porque en ese momento, y sin levantar la vista de sus anotaciones, dijo:
– ¿Te parece que arranquemos?
Sí, a Ana le parecía bien, pero no lo dijo, porque era su madre quien estaba de pie junto a la puerta preguntándole si se sentía mal y Ana quería decirle que no, que no se sentía mal, y no supo elegir una frase con la que contestarles a las dos al mismo tiempo.
– ¿Ana? –preguntaron a coro.
La voz de la mujer era un poco más ronca que la de su madre, que era grave pero limpia.
Su madre estaba hermosa. Era un placer verla, siempre era un placer verla caminar, verla reírse. Era como una campanada sonando en un gran vacío. Se le ocurrió que quizá la tercera silla fuera para ella, que en la clínica sabían que su madre aparecería, o que lo habían preparado así como parte del estudio. ¿Eso era parte del estudio? Ana suspiró y giró en su lugar para encarar a la mujer del pelo rojo.
–Estoy lista.
– ¿Cuál es la primera imagen de vos que se te viene a la mente?
Su madre, que ahora estaba de pie detrás de la mujer, asintió moviendo la cabeza y con una sonrisa le dio el visto bueno para que lo dijera. Ana y su madre conocían la respuesta a esa pregunta:
–Una nena con una pulsera de plástico robada.

Carne viva. Cuentos. Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2011

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Sobre la autora

Edith Olga Aman, editora

de Vocales y Consonantes

Vera Giaconi nació en 1974 en Montevideo, Uruguay, pero ha vivido toda su vida en Buenos Aires. Trabaja como editora, correctora y redactora freelance para diversas revistas y editoriales desde hace más de doce años. También imparte talleres literarios. Car¬ne viva, su primer libro, publicado en 2011, es una recopilación de cuentos cuya temática gira en torno a la figura de la mujer y la locura. Participó en Extra¬textos 1: Clarice Lispector, personagens reescritos, antología de cuentos publicada en Río de Janeiro en homenaje a los treinta y cinco años de la muerte de la escritora brasileña. Seres queridos, su segun¬do libro de cuentos, fue uno de los cinco finalistas del Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero 2015.

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Una mujer alucina con su madre, otra se vuelve en un fantasma para las hijas, una tercera pasa de víctima a predadora, y así otra, y otra más: en Carne viva, su primer libro de cuentos, Vera Giaconi retrata a diferentes mujeres que están en el momento cúlmine de convertirse en otras. Las acompaña, las estudia y cuando finalmente cruzan el límite, las abandona: “dejan de interesarme”, dice casi con malicia.

—Es un juego doble —explica—. Están en el límite, pero también están los bordes de ellas. No se conoce el pasado de casi ninguna. Son un gran agujero negro donde cualquiera puede caerse dentro. Están en el borde pero creo que ellas también son un borde. No me interesa saber cómo llegaron hasta ahí porque eso sería empezar a hacer un diagnóstico. “Me interesás ahora porque ahora estás acá, no sé si me hubieras interesado antes, cuando estaba pasando algo que te iba a convertir en la persona que hoy sos”. Me interesa el personaje que agarro, alguien que ya está hecho en el momento de límite, de crisis, de click. La gente a punto de hacer click es fascinante.

—¿Por qué todas las protagonistas son mujeres?

—Parece algo calculado, pero no lo es. Tengo cuentos escritos con protagonistas varones, pero no me salen verosímiles. No me los creo yo. Muestro mi trabajo cuando lo tengo bastante avanzado, no lo muestro muy crudo, y nunca llego a tener una versión que me alcance como para mostrársela a alguien. No me creo los varones que escribo cuando están en un lugar fuerte; sí en los márgenes. Es un defecto, es algo para corregir y algo en lo que trabajo. No lo doy por cerrado.

—Tal vez la mujer, entonces, sea un tema.

-Será un tema para los que no son mujeres. Los temas del libro van más allá de una cuestión de género. Por eso te decía que a un hombre le van a preguntar por los temas, por las preocupaciones que atraviesan los cuentos. Me gusta pensar el libro de esa manera. Sí: están protagonizados por mujeres. Y sí: tiene que ver con que construyo mujeres más verosímiles que los varones. Mi idea no escribir siempre desde ese lugar. Es mucho más rico explorar otros puntos de vista. Pero me interesa pensar que Carne viva, además de tener protagonistas mujeres, insiste sobre determinadas cuestiones. Ahí se abre el juego.

—Una relación fuerte que se explora en los cuentos es con la figura materna.

—Me resulta muy difícil imaginarme a una mujer que no tenga algo para explorar en la relación con su madre y, si estoy trabando con mujeres, me hago cargo de eso. En la mayoría de los cuentos se dan también situaciones especiales con las hermanas. Los vínculos filiales entre mujeres dan espacio para plantear preguntas que tienen que ver con los modelos.

—¿Los cuentos surgen a partir de una idea previa o vas dejando que te lleve la mano?
-Hay cuentos que fueron construidos teniendo una idea previa, haciendo un plan y tratando de llegar a ese plan. Buscando voces, haciendo pruebas. Otros, pero sólo en la primera versión, son impulso puro. Yo soy una enferma de la corrección, la reescritura, dejar el cuento guardado y volver a ver qué está pasando después de cierto tiempo y ciertas lecturas que te van modificando los gustos, la respiración. Creo los cuentos salen mejor cuando son resultado de esa combinación.

—¿Es una ventaja que trabajen como editora y correctora?

—Al contrario. Te llena de vicios, de cuestiones aplicables a la corrección de un libro sobre economía pero no a la literatura que querés hacer, a la voz que querés construir. Te llena la cabeza de gramática pero te la vacía de ritmo. Para ciertas cosas, como tener una mirada más global y no quedarme tan concentrada en la frase, sí fue bueno. En edición se piensa el libro, el proyecto, la colección. Pero el trabajo tiene esa contra: un montón de vicios, de certezas que necesitás para trabajar pero que no te sirven para escribir. Digo: cuando estás haciendo hablar a un personaje no hay gramática correcta. Es puro oído y el oído te funciona o no te funciona. No hay una Real Academia que consultar.
Fuente Patricio Zunini/ Eterna Cadencia

“Escribo mucho y me quedo con poco”

Vera Giaconi sonríe, entre resignada y divertida, ante el estatus irreversible de estas modestas deserciones identitarias. Sus padres, militantes políticos, escaparon de la dictadura uruguaya y cruzaron el Río de la Plata con ella, una beba de apenas nueve meses –nacida en Montevideo, en 1974–, para instalarse en Buenos Aires. El tío materno, en cambio, tuvo menos suerte: estuvo preso durante ocho años. Detrás de toda gran cuentista puede haber una embustera consuetudinaria. “De chica era tremendamente mentirosa y tenía que escribir las mentiras para no olvidármelas”.
De chica, Giaconi escribió muchas cartas a sus abuelos y a sus tíos uruguayos, mientras sus padres tomaban, religiosamente, tres termos de mate por día. La palabra escrita era el modo genuino y más cercano de vincularse con esa rama familiar, escindida por el exilio. El teléfono, aunque suene hasta anacrónico consignarlo, era un bien suntuario a fines de la década del ’70 y comienzos del ’80. “Mi abuelo me escribía y me decía que en su edificio había un ascensor habitado por animales. Todos los animales del zoológico vivían en ese ascensor. En cada carta nos contaba si la jirafa se resfriaba o si había pica entre el tigre y el león. Cuando por fin pudimos viajar a Montevideo, nos dimos cuenta de que vivía en un tercer piso por escalera. Pero no me importó esa mentira: mi abuelo nos siguió contando las historias de los animales en el ascensor.”
Los siete cuentos de Carne viva desnudan la intimidad de un puñado de mujeres cuyas vidas, ancladas en las rutinas familiares y domésticas, empiezan a desbarrancar. Lejos de regodearse en la caída, enfoca la circunstancia en que la grieta, el hiato o el abismo se expanden como un prisma donde se reflejan las luces de lo que hasta entonces permanecía encorsetado.

–¿Qué la obsesiona de la pequeña maquinaria que implica un cuento?

–El cuento como género me fascina, me parece muy poderoso pero al mismo tiempo es tremendamente frágil porque establece una relación con el lector que se puede suspender en cualquier momento. A un cuento lo dejás y pasás al siguiente, y no te da mucho remordimiento. Una de las cosas que me preocupa cuando trabajo un cuento es la relación con el lector; buscar las maneras de que se involucre en lo que le estoy contando; de hacerle lugar, pero no sólo para que aporte su propia lectura, sino para que le pase algo. El trabajo más fuerte no es escribir, sino sacar lo ya escrito. Escribo mucho para quedarme con muy poco, así avanzo con los cuentos. Todo lo pongo en una minibalanza: ¿vale la pena decir esto?, ¿estoy aportando algo?, ¿estoy diciendo demasiado?, ¿estoy juzgando o dando un diagnóstico?, Odio la idea de diagnosticar a los personajes; crear esa distancia no es fácil. Leo los cuentos en voz alta y estoy pendiente de la música del texto, del ritmo, de la respiración, además del sentido. Siempre hay algo más para ajustar, mil cosas para poner a prueba en un texto.

El placer de las influencias

“Como lectora, soy un desorden”, se define Vera Giaconi. “Los libros me cambian el ánimo, no me dejan igual.” Giaconi enumera una serie de escritores fundamentales. “Estoy muy atenta a cómo trabaja Alice Munro. Cuando la descubrí, sentí que el cuento podía generar un montón de emociones.” Siempre vuelve a John Cheever, un autor que no deja de impresionarla. De Katherine Mansfield aprendió cómo construir relaciones entre los personajes. “Con Flannery O’Connor –que es la crueldad y la maravilla– descubrí que no hay que tenerle compasión a un personaje para llegar más lejos o contar algo que valga la pena.” Un hallazgo reciente que la tiene fascinada es Lydia Davis, una cuentista norteamericana, “un secreto muy bien guardado”. Para el final menciona a un “trío” ineludible de uruguayos: Felisberto Hernández, Mario Levrero y Armonía Somers. “Cuando leo a Felisberto, me pregunto cómo hace para crear imágenes tan vivas. De repente un narrador le levanta las polleras a un sillón y las copas vienen arriba de una bandeja y no sé qué hacen. Cuando cerrás un libro de Felisberto, tenés la sensación de que las cosas siguen pasando”, dice Giaconi.

Silvina Friera. Página 12. Buenos Aires, enero 2012.