populismo

La crisis de los sistemas políticos y el populismo

La crisis del mundo se refleja también en la disolución de los sistemas políticos tradicionales. Una de sus manifestaciones es el auge del llamado populismo, puesto de moda en muchos países. Mejor dicho, en muchos medios de comunicación, donde se ha convertido en el epíteto preferido si hay que denigrar a un político o a un movimiento que no encaja en los cánones del sistema. 

 

 

 

El término en sí es bastante equívoco: podría entenderse como sinónimo de demagogia (en el fondo es la misma palabra, solo que en lugar de griego se basa en el latín). Históricamente, el término estuvo referido a los “naródniki”,[1] grupo radical de izquierda ruso del siglo XIX, pero hoy, en Europa, suele aludirse con él al nacionalismo de extrema derecha.

Para salvar esta contradicción, ha surgido una solución salomónica (de fibra posmodernista, sin duda) por la cual sería imposible definir al populismo político en los términos de derecha o izquierda tradicionales, puesto que lo que lo caracteriza no es su contenido ideológico sino sus métodos, su estrategia basada en la búsqueda permanente del apoyo popular. Esto último, en lugar de salvar la contradicción la complica aún más, puesto que basarse en el apoyo popular no es ningún crimen, por el contrario es en principio la esencia de la democracia.

¿No será el uso actual del término una manifestación del desprecio reaccionario por el pueblo, que caracterizan los aportes del lenguaje aristocrático en el idioma (como, por ejemplo, “villano” o “miserable”, en contraste con “noble” y “gentil”)?

Ya en la Roma antigua, Cicerón dedicó su brillante arte retórico a combatir a los republicanos reformistas de entonces, entre los más conocidos de ellos los hermanos Graco, Catilina y Julio César. Existía un grupo organizado al que llamaban “los populares” (Factio popularium). Es posible que el o los inventores de la acepción moderna de “populismo” se hayan inspirado en esta labor de embadurnamiento de los adversarios a la que con gusto se dedicara el célebre senador.

No es sin embargo por la cercanía cultural con estas raíces que en América Latina la difusión del neologismo está unida a la crítica de la izquierda. Hace poco tuvo resonancia una conferencia ‑dictada en Europa‑ de la guatemalteca Gloria Álvarez Cross, quien se define como “libertaria”,[2] en la que acusaba a la izquierda latinoamericana de populismo. En cambio, en la Argentina, Norberto Alayón publicó una furibunda crítica al uso de la palabreja con sentido peyorativo, gritando “¡Populista, sí, a mucha honra!” (Página12, 17 de febrero de 2014). Ese mismo año, nuestro colega Gabriel Quirici, en radio El Espectador, se distanció del uso indiscriminado del término, ya que, según dijo, “es una palabra coloquial e inexacta”. Ahora bien, agregó, “como la historia también está escrita por sectores de clase media o alta, y es leída por esos sectores, se nos hace un lugar común hablar de populismo”.

Se deduce que, en definitiva, el uso se ha impuesto y hoy muchos empleamos el término a regañadientes. Hay sin embargo un “populista” muy particular, que parece decidido a aplicar seriamente todo lo que los críticos atribuyen a este modus operandi de la política, acaso decidido a codificar una versión “pura” o “doctrinaria”, que pudiera figurar en los manuales y enciclopedias a modo de ilustración para las generaciones futuras. Me refiero al presidente checo Miloš Zeman.

Después de haber pasado por el Partido Comunista, el Instituto de Prognosis de la Academia de Ciencias, la revolución de los balcones en noviembre de 1989, el Partido Socialista Nacional, el intento de creación del partido realista y tantas otras bifurcaciones, se le abrieron las puertas del renovado Partido Socialdemócrata, justo en el momento en que este había sufrido una terrible derrota electoral y su presidencia estaba vacante. Miloš Zeman es un político carismático y populachero, de los que saben hablar, y tiene además, hasta hoy con sus 73 años, una memoria de elefante, siendo famoso por pronunciar de memoria y sin trastabillar una sola vez largos y enjundiosos discursos. Comprendió que la socialdemocracia checa, uno de los baluartes más antiguos del movimiento socialista internacional, necesitaba un salvador y lo veía en él. Miloš Zeman se propuso devolverles el amor llevando al partido, cual ave Fénix, de las cenizas al Gobierno.

Cuenta a su favor que este objetivo lo cumplió al pie de la letra. Con todo, nadie hoy afirmaría de él que es un socialdemócrata convencido, probablemente nunca lo fue, como nunca fue comunista, ni socialista nacional, ni realista ni nada. Su visión del mundo se reduce a su sola persona. Dotado de una inteligencia natural superior, es capaz de dominar la ideología de cualquier formación política, adoptar su lenguaje y sus métodos, en fin, compenetrarse con su rol. Pero cuando en 2003 fracasó en su primer intento de alcanzar la Presidencia de la República (por entonces la elección tenía lugar todavía en una sesión conjunta de diputados y senadores, por voto secreto), se sintió traicionado por sus compañeros, ya que los números demostraban que algunos parlamentarios socialdemócratas habían votado por su adversario, Václav Klaus. Se retiró amargado a rumiar su bronca en una casita del interior y a planear un retorno glorioso como el de Napoleón desde la isla de Elba en 1814. Según se dice, basándose en los datos que sus amigos le traían armó una lista de los presuntos traidores (28 nombres en total) y juró vengarse.[3] Fue no obstante Presidente de Honor del Partido Socialdemócrata hasta 2007, en que renunció, aparentemente por discrepancias con la dirección. Seguidamente fundó su propio partido, llamado “de los Derechos de los Ciudadanos‑Zemanistas”, pero su escaso eco electoral le indujo a alejarse, pidiendo que suprimieran del lema partidario la referencia a su nombre. No obstante, en la primera elección presidencial por voto popular, en 2013, ganó en la segunda vuelta con una marcada diferencia frente a su rival, que provenía de la vieja nobleza checa, el ex príncipe Karel Schwarzenberg. Actualmente se ha presentado como candidato a la reelección en 2018 y se le considera el principal favorito.

El populismo de Miloš Zeman no se basa en ninguna ideología particular, sino pura y simplemente en su capacidad de ganar las elecciones. Es en el fondo un verdadero free lance de la política, a disposición de quien quiera aprovechar sus aptitudes y sin más ataduras que el declarado servicio a la mayoría circunstancial que lo haya elegido. Ha dotado a su método de visos científicos mediante el estudio sistemático de los resultados de las encuestas de opinión sobre los más variados temas, con los que se hace una idea del estado de ánimo de la ciudadanía. Y cuando en 2016 la crisis migratoria exacerbó los temores de la población y los sentimientos xenófobos, no dudó en aliarse con los grupos más reaccionarios y fascistoides.

Como regularmente las encuestas le atribuyen cerca del 50 por ciento de las simpatías en la población, se reafirma en su convicción de que tiene toda la razón. En su sistema filosófico ha sustituido la lucha de clases por la lucha entre una intelectualidad urbana que lo aborrece y una masa provinciana sin educación política, que admira su inteligencia y sus chistes subidos de tono. Ha llegado a inventar dos metáforas ilustrativas de estos dos campos antagónicos: “el café” de la metrópoli y “la taberna” de pueblo; en cada una de estas instituciones se bebe otra cosa, los temas de conversación son diferentes y hasta se habla distinto. No por nada últimamente el presidente Zeman se ha convertido en un admirador incondicional de Donald Trump.[4]

Aquí podría terminar esta historia. Pero sucede que el caso es síntoma de algo más trascendente, como lo son los cambios profundos que tienen lugar en el quehacer político en general. Se habla de crisis de los partidos y hasta de crisis del parlamentarismo. Milan Znoj, catedrático de filosofía política en la Facultad de Filosofía de la Universidad Carolina de Praga y duro crítico de Miloš Zeman, considera que el parlamentarismo clásico, de origen inglés y textura elitaria, ya había entrado en crisis en el siglo XIX con el sufragio universal (masculino, desde luego) y el surgimiento de los grandes partidos de masas. Al mismo tiempo, también entraron en escena los “leaders” (otro término inglés que hemos adoptado mundialmente), capaces de movilizar a los votantes en asambleas multitudinarias. (Milan Znoj: “Miloš Zeman en el círculo vicioso de la política plebiscitaria”, Aktualne.cz, 25.4.2017, en checo)

El teórico alemán Max Weber (1864-1920) previno a principios del siglo XX contra el abuso de términos tales como “la voluntad del pueblo” (sin duda el estigma de la ya citada Naródnaya volia en Rusia seguía vivo), que conduciría según él a una decadencia del Estado hacia lo que denominó “la democracia plebiscitaria”. En su lugar, propugnaba una sociedad bajo la conducción de líderes fuertes. Uno de sus alumnos, Carl Schmidt (1888‑1985), lanzó la idea del “Estado total”. Aquí entramos en un terreno sumamente escabroso, que condujo al fascismo y, a la postre, a una terrible hecatombe mundial, aunque tal vez sea injusto echarle toda la culpa a Max Weber, fallecido mucho antes, tal vez ni siquiera a Carl Schmidt (este sí llegó a ser miembro del partido nazi), ya que su idea de totalitarismo pudo haber sido tan solo una simple hipótesis filosófica.

Estas formas de “antipopulismo” militante fueron puramente instrumentales, ya que no perseguían una democracia más auténtica sino su supresión lisa y llana, en aras de la imposición de un nuevo orden social o la preservación del ya existente.

Podría ser motivo de extrañeza, por consiguiente, que hoy se designe como populismo a movimientos esencialmente de derecha: Marine Le Pen en Francia, Donald Trump en Estados Unidos, Geert Wilders en Holanda…[5] En nuestra América Latina, este tipo de políticos era en un tiempo bastante común, hasta el punto que no pocos analistas de otras tierras y también los creadores de parodias latinoamericanistas en Hollywood los presentaban como parte de nuestro folklore. Juan Domingo Perón y su esposa Evita fueron tal vez la pareja más célebre. Hoy parecería que para esta forma de acción política ya pasó el momento histórico. Nada excluye, sin embargo, que reaparezca aquí o allá.

Aclaremos que no debería confundirse el populismo en su acepción moderna con los movimientos de “indignación” surgidos a raíz de las conmociones económicas de 2008‑2011. Los ejemplos citados poco antes se refieren a movimientos que no basan su estrategia en la movilización de las masas por objetivos claramente definidos, sino en la influencia de líderes indiscutidos, que se supone conducirán a la nación a nuevas victorias. Esta es su diferencia fundamental y lo que los caracteriza como corrientes de derecha.

Visto desde este ángulo, el populismo hoy es una consecuencia colateral de la crisis del sistema. Cuando los problemas se acumulan sin una solución visible a corto plazo, cuando la bandera de los intereses nacionales ha quedado en el camino para que la levante la extrema derecha, es cuando aparecen los líderes y sus ofertas de panaceas basadas en el nacionalismo y la xenofobia.

¿Qué alternativa le queda al francés descontento con la política de Bruselas, cuando considera que es desperdiciar su voto entregarlo a la izquierda radical de Jean‑Luc Mélenchon o incluso a los comunistas, hoy bastante marginados, y que mejor sería apoyar la línea falsamente patriótica del Frente Nacional?

Es la propia lógica de la sociedad de desigualdad extrema la que lleva a combatir la concentración brutal de la riqueza en una ínfima minoría de seres agraciados y su expresión política constituida por el “establishment” o las “élites” en el poder, incluso sin llegar a comprender el fondo económico de este fenómeno y la esencia de clase del Estado. Un camino que pudo ser fecundo en alternativas fue el ya citado caso de los “indignados”, pero solo produjo intentos electorales infructuosos o gobiernos de izquierda que luego, en su aislamiento, tuvieron que claudicar y doblegarse ante el poder del capital (Grecia) o fueron infectados por la codicia y finalmente cayeron a manos de la oligarquía local (Brasil).

Los decepcionados o los que nunca creyeron en nada pero no soportan ya las condiciones de vida, son el objetivo fácil de los demagogos. Más o menos todos estos políticos usan el barómetro de estados de ánimo sociales como nuestro personaje del comienzo, Miloš Zeman, que lo desarrolló hasta el virtuosismo. Esto es lo que explica que algunos se acerquen a la plebe, a respirar la atmósfera de los arrabales de las metrópolis capitalistas para luego sorprender al mundo con consignas típicamente izquierdistas.

Para combatir a Emmanuel Macron, hijo y representante fiel de la élite gobernante francesa, Marine Le Pen se vio obligada a salir de su envase conservador y adoptar un lenguaje popular y obrerista. Solo el renacimiento de una izquierda auténtica, llámese como se llame, podrá detener esta apropiación indebida de las ideas de progreso con fines de beneficio personal.

De lo contrario, el mundo seguirá a la zaga de los dueños de la globalización capitalista y seguirá aumentando el número de pobres, hasta sus últimas expresiones, las víctimas del trabajo esclavo.[6] Las cifras son apabullantes y el tema merece un artículo aparte, que desde ya prometo para un futuro próximo.

 

[1] Movimiento revolucionario ruso que alcanzó su apogeo en la década de 1870 durante la lucha contra los grandes terratenientes o kulaks. Su denominación proviene de la consigna “Ir hacia el pueblo”, que en ruso se dice narod, y porque su principal medio de expresión fue un periódico llamado “La voluntad del pueblo” (Naródnaya volia). Debido a los métodos violentos que adoptó en su lucha, en la tradición política rusa el término “populismo” se ha identificado más bien con la ultraizquierda.

[2] Otro término confuso: a diferencia de nuestro medio, donde el término “libertario” pertenece a la tradición anarquista, en Estados Unidos se aplica a los liberales. Este matiz lingüístico también se refleja en la literatura originaria de ese país, que probablemente ha inspirado a la politóloga en cuestión

[3] De los veintiocho, el último que le queda por eliminar es el actual primer ministro Bohuslav Sobotka, a quien trata de presionar por todos los medios para lograr su dimisión. Todos los demás tuvieron que retirarse, uno tras otro, de la política.

[4] Este amor no es mutuo, por supuesto: es cierto que, en el entusiasmo inmediatamente posterior a la elección, Trump recordó que el Presidente de la República Checa (¿dónde queda?) fue de los que dijeron abiertamente que deseaban su victoria, de modo que lo llamó por teléfono para agradecérselo e incluso lo invitó a Washington en abril, pero después se olvidó completamente del asunto. Fue el nuevo embajador checo quien se lo recordó al presentar sus credenciales y Trump tuvo que sacar a colación que en ese momento el problema de Corea no le dejaba siquiera dormir, de modo que la visita de Zeman quedó suspendida para las calendas griegas.

[5] Digo “esencialmente” con toda intención porque también hemos visto con asombro a Marine Le Pen visitando la fábrica de artefactos domésticos Whirpool en Amiens durante su última campaña presidencial, y prometer a los trabajadores en huelga que, si ella ganaba, la fábrica no cerraría. Los populistas de hoy saben adaptarse.

[6] Según la Organización Internacional del Trabajo, casi 21 millones de personas en el mundo son víctimas del trabajo forzoso. En el sector privado, esta forma moderna de esclavitud genera ganancias estimadas en 150.000 millones de dólares por año. El 9 de noviembre de 2016 entró en vigor el Protocolo de 2014 relativo al Convenio sobre el trabajo forzoso, 1930 (OIT: Trabajo forzoso, formas modernas de esclavitud y trata de seres humanos, en español).

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* Revista Vadenuevo Nro.105. Mensuario de Economía,   Sociedad y

Polític.a  (www.vadenuevo.com.uy)